La conjura de los chips

La conjura de los chips

Un paisano, ya setentón, gimotea desconsolado en una residencia de ancianos. “¿Qué te ocurre?”, le pregunta una enfermera cibernética. “Es que me riñó mi padre”, contesta el anciano entre pucheros. “¿Y por qué te riñó tu padre?”, intenta empatizar con voz metálica la nurse. “Porque le falté al respeto a mi abuelo”. 
 La escena es real. Estamos en la segunda mitad del siglo XXI. La mayoría de los que hoy peinamos canas estaremos criando malvas. Pero, para entonces, abuelo, hijo y nieto, compartirán la misma residencia. La esperanza de vida en el mundo occidental ya superará los 115 años. ¿Y quién pagará sus cuidados, sus medicamentos, sus férulas, sus audífonos, sus sillas de ruedas? Los robots.
 Los robots harán el trabajo sucio de médicos, enfermeras, celadores, limpiadoras, recepcionistas, amarguras de atención al paciente, etc. Los robots interactuarán con las personas, tendrán personalidad jurídica, y aprenderán cada día de su entorno. Y además pagarán impuestos. A raja chip. 
 Los robots, en definitiva, cuidarán de los humanos: serán su perro guía, su mascota, sus ojos, sus oídos, su adicción. A cambio, los animales cuidarán de los robots. Así, por ejemplo, la tripulación de los aviones del futuro estará compuesta por un piloto, un ordenador y un perro: la misión del piloto será darle de comer al perro, y el perro morderá al piloto si toca el ordenador.
 Los robots no conspirarán contra el empleo, como profetizan los haraganes sindicalistas, porque si la peña cobra por tocarse los huevos, como ellos, no protestará. Los gobiernos establecerán un salario mínimo, de subsistencia, para todos los humanos. Hasta aquí todo estupendo.
 El problema es si hay una rebelión de robots o un alzamiento cibernético, y empiezan a reivindicar: "Sexo anal al capital", o "No queremos ser perfectos, queremos ser libres", o "Paridad con los terrícolas, ya". Y así. O empiezan a hacer el humano y a desmandarse: a no soldar en PSA Peugeot Citroën con los electrodos adecuados, a hacer una protesta de chips caídos, o de celo (sexual). Y eso aún no es lo peor. Lo peor es que la "inteligencia artificial" instigue la lucha de clases, y vayan a la huelga las computadoras que regulan los semáforos, el tráfico aéreo, las terminales aeroportuarias, los programas contables de los bancos, las cotizaciones en bolsa, las historias clínicas de los hospitales, las sentencias de los juzgados, el GPS, los satélites, los smartphones. El problema es que se cuelgue Google, WhatsApp, Youtoube, y que se borren los discos duros, las fotografías, los mapas, las instrucciones, los emails, y se programe (o desprograme) el arsenal atómico. El problema es que nadie sabrá hacer la "o" con un canuto porque se habrán olvidado de escribir, y nadie recordará ningún teléfono, ni sabrá improvisar. El problema es serio. El mundo podría volver al neolítico en menos que canta "¡yabadabadoo!" Pedro Picapiedra a Pablo Mármol.
 Sí, sí, para llorar, como el septuagenario de marras, que por más que pueda chutarse de Viagra, entregarse a la "robofilia", y pasarse el día dale que dale con una robot antropomórfica como un vulgar "robocómano", solo vivirá un realismo virtual. Pero para experimentar el realismo mágico, por muy longevos que sean, tendrán que leer a Gabriel García Márquez. O, si no, volver a nuestra era. Qué afortunados somos, aún siendo efímeros.