Lo que me tocan los emoticones

Lo que me tocan los emoticones

Pertenezco a ese numeroso grupo de ciudadanos que opinan que, al menos la gran mayoría de nuestras leyes, son ininteligibles para un amplio sector de la población y que no estaría de más que fuesen redactadas de nuevo con un lenguaje más sencillo y menos enrevesado que el que nos ha legado la Historia de la Jurisprudencia española, accesible solo para los letrados que la profesan; ejemplos hay de que tampoco son todo los letrados los que puedan acceder a ellas, tan cripticas resultan. Pareciera como si una ley accesible al vulgo, sencilla de expresión y clara de conceptos, fuese menos ley, fuesen menos los letrados e incluso los jueces fuesen también devaluados. Algo parecido al caso de los escribas egipcios que no comunicaban el arte de escribir más que a sus descendientes con tal de conservar, de ese modo, sus prerrogativas y sus privilegios de casta.
Quizá por eso por lo que nuestras leyes sean tan tendentes a la conservación y al mantenimiento de sus vigencias y por eso por lo que nos hayamos acostumbrado a ellas, tanto y de tal forma, que no solemos sorprendernos de que permanezcan inmutables a lo largo de lustros cuando no de décadas. En los EEUU, por ejemplo, si no estoy mal informado, determinadas leyes llevan una clausula llamada sunset clause que determina su caducidad, su ocaso, su puesta de sol, que tal significa sunset, de modo que, pasado cierto tiempo, hay que revisarlas, volver a votarlas o simplemente derogarlas, si fuese oportuno o necesario, considerando que, a lo largo de su periodo de vigencia, diez, quince o veinte años, por ejemplo, la sociedad haya evolucionado de modo que esa ley se haya convertido en obsoleta e inútil, además de ininteligible, pues tanto es lo que el lenguaje también evoluciona y tales son las variaciones que ofrecen los campos semánticos de forma que no siempre se adaptan a ellos los más viejos miembros de la tribu.
Aquí las leyes no evolucionan a la par que el lenguaje o la sociedad. Añadámosle el hecho de que no hay dios que digiera el lenguaje utilizado en una sentencia, o la vehemente y erudita prosa de una querella y veremos que es cierta la reclamación de un lenguaje más sencillo y comprensible al alcance de la mayoría de nosotros.
Viene todo esto a cuento de un correo-e que me llegó no hace mucho en el que se adjunta un artículo en el que, no sé si con ironía o con cierta insolvencia, se reclama la utilización de emojis en la redacción de la Constitución, por ejemplo, a fin de que todo el mundo pueda entenderla de modo fácil y debido, para que no sea necesario recurrir a la sentencia que afirma que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. El mundo sería más cabal y más feliz con la Constitución redactada con emojis, dicen en el correo-e y yo me quedo pensativo.
¿Qué son emojis? Los más viejos recordarán aquellos libros de iniciación a la lectura en los que, en vez de venir escrita la palabra "casa" traían impresa una casita dibujada o, en vez de escribir papás, habían dibujado y reproducido las caras sonrientes de un hombre y de una mujer. Pues así. Quien me lo envía me adjunta la pregunta pertinente: ¿Qué te parece? 
Como Jonathan Swift tenía mucho más sarcasmo del que yo dispongo y una gran capacidad de ironía de la que yo carezco me voy a permitir una larga cita suya que logré encontrar después de haberla concienzudamente buscado. Ahí les va: "Es evidente que cualquier palabra pronunciada supone, hasta cierto punto, una merma de nuestros pulmones por corrosión y contribuye, por tanto, a acortar nuestras vidas. Así pues, se propone el siguiente remedio: como las palabras son meros nombres de las cosas, serían más conveniente que todos llevaran consigo los objetos necesarios para expresar el asunto concreto que fueran a tratar"; es decir que, cuando uno quiera escribir, por ejemplo: "envíeme tres quilos de naranjas" debe dibujar, además de una naranja, tres pesas de un kilo, cuando no el número de naranjas que calcule que entren en un quilo con independencia de su tamaño y así sucesivamente.
Pues bien, como la vida es algo más compleja que lo que respecta a las naranjas, imaginémonos ahora un diccionario de emojis, ya saben, de esos dibujitos que traen los teléfonos móviles y utilizamos para no repetir treinta o sesenta veces al día las mismas chorradas, gracias desde a un sol sonriente hasta una cagarruta de imprecisa procedencia. ¿Y cuando no se conociese el emoji y su hubiese olvidado la palabra? ¿Se imagina alguien el diccionario? ¿Y su ordenación, se la imaginan? ¿Alfabética? ¿o cómo localizar el emoji de acido desoxirribonucleico, o el de trinitrotolueno?
¡Ah, qué caramba! Pensar que Swift vivió en el siglo XVIII, el de las Luces, puede inducir a pensar que algunas de las encendidas en él se nos están ahora apagando ahora, qué le vamos a hacer si así vienen los tiempos. Pensar que los kanjis japoneses son veinticinco mil y que con "solo" cinco mil ya puedes empezar a escribir con cierta exactitud y corrección puede hacernos valorar el hecho de que nosotros con solo veintiocho letras seamos capaces de elaborar miles y miles de palabras, cientos de miles si me apuran, y de poder buscarlas en un diccionario sin más que manejar debidamente el índice alfabético. Así que entiendo que me disculpen si afirmo que a mi los emojis y los emoticones me tocan... los almohadones, o qué pensaban.