Opinión

¡Oh, las papeletas!

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¡Oh, las papeletas!

La discreción ha dejado de ser una virtud en la vida pública y la verborrea se ha convertido en la puerta permanentemente abierta a la indiscreción. Quien mucho habla, mucho yerra asegura el saber popular. No opinan lo mismo los iconos populares modernos, convencidos de filosofar cada vez que abren la boca. Y en ese mar de palabrería, nada más convocarse las nuevas elecciones generales, han despertado dos viejas polémicas absurdas. Una, sobre la inversión que deberá realizar el Estado considerándola un derroche. Otra vez, algunos dan más importancia a la caja de caudales que al derecho democrático del voto. Y dos, sobre la necesidad o no del envío de papeletas a los domicilios. Las opiniones han volado para todos los gustos y disgustos mezclando intereses con contradicciones. 
Por ejemplo, he escuchado al equipo de Pablo Casado y sus palmeros considerar económicamente inoportuna la inversión de los 140 millones que costará poner en funcionamiento la maquinaria electoral oficial. Otra forma más de demonizar el valor democrático del voto. Pero, al mismo tiempo he oído a Moreno Bonilla, presidente de Andalucía, defender el envío de sobres y papeletas a los domicilios. Acción que representa, más o menos, el 40% del presupuesto, incluyendo el voto por correo. Sin embargo, lo más pintoresco de su defensa es la consideración del conservador andaluz al valorar como muy importante que “la gente lleve la papeleta desde casa, porque igual les da vergüenza cogerla en el colegio electoral, ya que en algunos ni hay cabinas”. ¿Conoce usted algún centro de votación sin ellas? Pues debe denunciarlo y el señor Bonilla, en su calidad de presidente, el primero.
Sin embargo yo creo que la verborrea traicionó al político. ¿Cómo condenar el gasto y al mismo tiempo defender una acción cada convocatoria más innecesaria? ¿Y por qué esa defensa? De inmediato se cuela en nuestra mente la vieja imagen de las monjitas pastoreando ancianos con sus sobres en las manos. Nos asaltan los autobuses fletados para acarrear la ciudadanía del rural hasta los colegios electorales con los votos atados y bien atados. Las neuronas nos actualizan las anacrónicas visitas del cacique local, de puerta en puerta, invalidando papeletas contrarias… Imágenes que en Galicia, por la dispersión poblacional minifundista, muchos creen propias de la idiosincrasia del país. Pero no, ya vemos que en el sur latifundista también se mueven sobre el tablero de juego.
Cuarenta años atrás -cuando el voto más fresco en nuestra mente era el de los “25 años de paz” de Franco y su nueva “constitución orgánica”, donde pudieron votar todos los ciudadanos mayores de veintiún años-, era necesario llevar las opciones partidistas hasta el más recóndito rincón del más ignoto ciudadano censado. La mayoría de los integrantes de aquellas listas eran perfectos desconocidos y las fuerzas mediáticas sufrían condicionantes de todo tipo. El buzoneo de sobres y papeletas fue una acción democratizadora necesaria.
En la actualidad es un derroche económico incluso contaminante y, aunque lo lamento por las imprentas, un despropósito inútil utilizado por el caciquismo. El 99 % de la ciudadanía sabe cuál es su opción y no duda al escogerla en el colegio electoral, no ya sin pudor, sino con orgullo. Lo siento por el señor Bonilla, pero debemos sumarnos a quienes piden la supresión del buzoneo electoral oficial.

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