Más manadas

Si digo que en España tenemos una justicia asimétrica no estoy descubriendo nada original. Pero duele. Resulta doloroso ver como unos cientos o miles de ciudadanos se obligan a reunir sus firmas para pedir la libertad del exministro Eduardo Zapalana, en prisión provisional, enfermo de leucemia y en una situación física crítica. Clava puñales ver como cientos de miles de personas piden el encarcelamiento de los miembros de la famosa Manada, condenados por la agresión sexual a una mujer en las fiestas de San Fermín de 2016 en Pamplona, que debieran estar, por lo menos, en prisión preventiva vistas sus actitudes y conductas en este tiempo posterior a la conflictiva condena. En los dos casos la justicia se revela injustamente asimétrica. 
Se me dirá que en ambos la simetría siempre ha de resultar difícil y conflictiva. Cierto. Pero el equilibrio moral, que a la administración de justicia le corresponde considerar, no debiera ser la simple letra muerta, grande o pequeña, de los cánones judiciales. No tengo ninguna devoción ni política ni ideológica hacia el señor Zaplana, pero sí me sumo al ejercicio del humanismo que debe imperar en toda sociedad que se precie de avanzada y culta. Quizás la nuestra no lo sea viendo este tipo de comportamientos en los que la venganza o el rencor tienen más espacio que el respeto por la dignidad de las personas, aunque sean presuntos delincuentes. En el caso del exministro del PP no concurren ninguna de las dos posibilidades que el juzgado aduce: fuga y destrucción de pruebas. La primera es obvia. La segunda una paparrucha. ¿De cuánto tiempo y medios ha dispuesto el reo para destruir documentos comprometedores? De una eternidad.
¿Por qué es más peligroso el señor Zaplana libre que los cinco energúmenos de La manada? Al abuso de la utilización de la prisión preventiva se suma el abuso de la libertad condicional de condenados. De este modo se transmite a la ciudadanía aquello que siempre hemos intuido: nuestro sistema judicial no es ejemplar. Porque, además, ejemplarizante debiera ser la acción condenatoria contra los cinco miembros de La manada, al margen de las discusiones del modo en que se han producido la sentencia y posteriores actuaciones judiciales.
Si nos atenemos a este deber de la administración de la justicia, el hecho de que La manada se haya convertido en una permanente fuente informativa, en un ejemplo de burla a la gravedad del delito, puede inducir –está moviendo- a la comisión de acciones semejantes a otros grupos con la presunta certeza de gozar de impunidad. De hecho ya tenemos en el candelero a las manadas de Callosa, de Barcelona, de Canarias, de la noche de San Juan…
Recordemos aquel famoso estudio del primer alcalde democrático de Ferrol, el doctor Xaime Quintanilla Ulla, en el que se demostraba que la publicación de noticias sobre suicidios inducía a nuevos suicidios, y que tantos debates originó en las redacciones de los medios sobre la conveniencia de destacar o no los crímenes terroristas y pasionales, para evitar inducciones al seguidismo. Repasémoslo porque está vigente con la presencia de La manada y sus circunstancias en el ruido informativo y en la insensibilidad social de la justicia. Desde este rincón yo me sumo a la petición de enviar al hospital adecuado a Eduardo Zaplana y al encarcelamiento inmediato de todas las manadas.