Opinión

La voz del CIS

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La voz del CIS

Un treinta y dos por ciento de la ciudadanía entrevistada en la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas está hasta la coronilla de los políticos y de la política. Un dato del que casi nada se habla aunque aparece en el segundo lugar de las preocupaciones enumeradas en el sondeo. Como siempre, el trabajo demoscópico nos aporta datos y tendencias pero el análisis deberemos hacerlo según el color del cristal con que lo miremos. Y frente a este porcentaje parece que las gafas son oscuras. El espectáculo en que se ha convertido el ejercicio de la actividad política es una sabrosa zanahoria, a la hora de especular y comentar, con lo cual se agranda y avala la negativa percepción ciudadana. La demoscopia es más un ejercicio profético –aunque yerre- que el reflejo de la realidad.
En este sentido el último barómetro del CIS aporta datos, supuestos y tendencias electorales suficientes para entretener, preocupar o alegrar a los círculos del poder público y económico, a los mentideros de opinión y a posicionar a los partidos y medios de comunicación. Unas prácticas dialécticas adecuadas para atronar los oídos, calentar las cabezas e irritar a ese tercio creciente de descontento con la vida pública. Reflexiones y polémicas que en unas semanas habrán pasado al baúl de los trastos inútiles. Sin más consecuencia.
Yo me pregunto si esa misma ciudadanía hastiada es la que se abstiene a la hora de votar. ¿Y qué porcentaje de ella contribuye, desde su indignación, a incrementar el desconcierto general? ¿Y cuánto terreno abonan las encuestas para que prospere el descrédito de la política y de los políticos? No quiero restarles importancia y valor a esos estudios de opinión, pero lamento verlos convertidos en elementales plataformas para generar noticias. En lugar de ser estudios serios y científicos, capaces de valorar la realidad social y propiciar los programas o cambios necesarios para el progreso y el bienestar, se han quedado en fotos fijas a las que obedecer para contentar y satisfacer el instante presente. Como caramelos a la puerta de un colegio.
Y dos preguntas esenciales: ¿Debe el Centro de Investigaciones Sociológicas perder tiempo y recursos en averiguar, cada dos por tres, qué piensa votar la ciudadanía en una hipotética convocatoria electoral inexistente? ¿Cuál es el objetivo sociológico y a quién sirve? Vemos que contribuye a la polémica inútil, al desconcierto y al descontento de quienes aguardan de un organismo institucional prospecciones científicas para utilizar como base de acciones políticas o administrativas eficaces. Ahora su trabajo es ineficaz como demuestra en sí mismo la falta de atención generada para paliar las cuestiones siempre en cabeza desde hace décadas, como son el paro en permanente primer lugar, la corrupción y el fraude en el tercero, la economía en cuarto, seguida de la sanidad y el empleo… Y sin embargo, un tema que nos proyectan como crucial, el problema catalán, está tan abajo que no preocupa ni al diez por ciento de los opinantes, pero como interesa en sobre manera a los objetivos de las tres derechas, se hace brillar con una potente luz mediática.
Tengo para mí que es necesario revisar las funciones del CIS y sus veleidades publicistas. Especialmente las relacionadas con las encuestas de intención de voto, fuera de los periodos electorales convocados. La voz del CIS es necesaria pero hace tiempo que está gripada.

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