Opinión

La peste

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La peste

En 1998 me encargaron una obra de teatro para celebrar el cuarto centenario del nacimiento de Francisco de Zurbarán, estrenada y representada por la compañía “Teatro de Papel”. Barajando documentos, me tropecé con la muerte de Juan, hijo del pintor, durante la epidemia de peste que en 1649 asoló Sevilla matando a más de 60.000 personas. Era un tiempo en el cual todo venía de la mano de Dios y la ciudad, aislada y en cuarentena, rezaba pidiendo clemencia. La puesta en escena de ese episodio resultó una interpretación magistral por parte del director y del grupo actoral. Con la mirada del siglo XX a mí me había parecido ridículo y absurdo el padecimiento de aquella gente muriendo sin remedio pero sin perder su fe católica. Y así se vio trágicamente sobre las tablas.

Abert Camus glosó el mismo absurdo en su famosa novela, “La peste”, sobre la epidemia de cólera que devastó la ciudad argelina de Orán en 1849. El autor francés narró la desgracia desde una perspectiva existencialista, filosófica y atea, con tintes kafkianos. En ella los personajes solidarios luchan contra la insensata existencia del mal. Los enfoques religiosos apenas cuentan, como sí había sucedido en el pasado con los históricos azotes de la peste bubónica, que diezmaron a Europa desde la antigüedad, triunfando en la Edad Media, hasta el siglo XIX. El absurdo vital vislumbrado por Camus en Orán fue moderno y original. Propio de su tiempo.

Entre las muchas curiosidades, guardadas en mi memoria, he tenido siempre la sospecha de que algunas pestes fueron agentes de guerras biológicas. Los anales de cercos a ciudades nos ilustran sobre lanzamientos de cadáveres para propagar enfermedades entre los sitiados. También sabemos de guerras comerciales ganadas gracias a envenenamientos de aguas y alimentos… las sospechas bélicas de la “gripe española” de 1918, que no se originó en España y que mató a cuarenta millones de personas en todo el mundo, ¿qué relación tuvo con las tácticas militares de la Primera Guerra Mundial? Y sobre el sida, ¿será cierto -como se propagó-, que nació de un virus escapado de un laboratorio americano? 

Sea como fuere, bien maniobras de la Naturaleza o descuidos científicos o técnicas de guerras diabólicas, estos días el ataque del coronavirus nos quita el sueño y despierta miedos inimaginables. Desconfianzas de toda índole sobre la sanidad adquieren protagonismo de un modo extraordinario. Piense mal y observe. La plaga ha surgido en una de las zonas industriales más importantes de China, ahora que los dioses tradicionales no cuentan y es la economía la deidad única que rige el mundo. Si escucha atentamente a políticos, empresarios, e incluso a científicos, verá cuantísimo les preocupan las pérdidas económicas y comerciales, como efectos colaterales, mientras el número de afectados y muertos solo son estadísticas variables en un rincón de las noticias.

Si alguien en el futuro escribe la novela de esta peste viral, sus personajes deberán navegar en el desconsiderado barco de la economía especulativa. Deberá suponer que no es la sabia Naturaleza quien se revela mediante un nuevo virus contra la superpoblación contaminante, contra la desnaturalizada fabricación y venta de componentes electrónicos o de automóviles, contra la locura de las comunicaciones… y quizás alumbre un absurdo thriller sicológico en el seno de una guerra comercial internacional. No se altere, solo hablo de ciencia ficción. 

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