Opinión

La otra campaña

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La otra campaña

Entre máscaras y monstruos nocturnos hoy hemos iniciado la campaña electoral más corta de la historia de la democracia española. La noche de Samaín fue propicia para el ritual, ya sin sentido, de la pegada de carteles. Hoy, Día de Todos los Santos, y mañana de los Fieles Difuntos arranca una campaña de sólo diez jornadas de duración. Esperemos que la fiesta de disfraces tétricos y la conmemoración de los finados no sean una grave premonición, porque en realidad las campañas tradicionales, desde hace unas cuantas, vive agonizando. Especialmente desde que tuvimos constancia de las trampas irreversibles impulsadas por Donald Trump para llegar a la presidencia del gobierno de EE.UU. en 2017, con la presunta ayuda digital de Rusia.
Se vende esta nueva cita española con las urnas como el periodo más corto para pedir el voto a la ciudadanía, pero la actividad electoral ya se inició en agosto, antes de la convocatoria, y desde septiembre todo han sido encuestas y posicionamientos electorales. Hasta aquí nada nuevo. No hay cambios en las discusiones sobre el debate o los debates, tampoco los hay en las denuncias por electoralismo, ni en las pajas en ojos ajenos y vigas en los propios, ni en el oscurantismo en los capítulos de gastos, ni en el posicionamiento de los grandes medios de comunicación, ni en la movilización de los votantes propios y de los indecisos. La canción suena a viejo. Se ha vuelto aburrida e ineficaz. Se gana porque toca y se pierde por ineficacia o cansancio.
Los equipos profesionales de comunicación de los partidos saben que en los días de campaña el voto se mueve escasamente, por eso no han tenido ningún problema para reducir la duración. Y por ello, desde el arranque de la Era Trump, los caminos para cosechar votos son otros. Y siguiendo el aforismo de que la buena noticia no es noticia, se ha llegado a la conclusión de que la buena propuesta no suma. Y de que la falsedad moviliza o desmoviliza según se diseñe la estrategia. ¿Para qué pegar carteles, obligatoriamente con mensajes positivos? ¿Para qué editar programas, que nadie va a leer? ¿Para qué hacer mítines para gente convencida? ¿Para difundir fotos y vídeos en los medios de comunicación? Todo eso sale caro y apenas convence.
Desde 2017 diversos estudios científicos vienen alertando del peligro de la utilización de las redes sociales para informar y desinformar a las masas sin ningún tipo de reglas democráticas que protejan a la ciudadanía menos informada y más débil. La eclosión de Trump no fue una casualidad, ni el respaldo de Puntin tampoco, ni la ascensión de Bolsonaro menos, ni el fracaso del brexit una equivocación, ni lo es la aparición en Cataluña de Tsunami Democràtic con una inusual capacidad de convocatoria digital… Ni quizás lo sea el que un joven militante del PP de Murcia haya invertido en Facebook e Instagram 17.000 €, de su bolsillo (¿?), para desmovilizar a la izquierda, o que un gurú conservador español reciba premios internacionales por haber generado desinformación política en la última contienda autonómica andaluza.
Otra campaña electoral, la nueva, la de las fakes news, la incontrolable por los poderes legales, la de la suplantación de identidades digitales… ha llegado vestida de Samaín, con rituales de difuntos, para debilitar la democracia real. ¡Ojo, no es un simple disfraz! 

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