Opinión

InMaduros

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El destino me libre de justificar nunca a un dictador aunque haya realizado una buena gestión económica para su país, como a veces acontece con las dictablandas. Atrás quedan ejemplos retratados en la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, respaldado por Alfonso XIII, o el de algunos iluminados tras el telón de acero durante el transcurso de la larga guerra fría del siglo XX. Dictadura ni la del proletariado, decíamos los desencantados del falso marxismo impuesto en la URSS. Los mismos socialdemócratas a quienes la Cuba de Fidel Castro nos vacunó contra los salvadores, no obstante de valorar benévolamente la estrechez del régimen castrista frente a las miserables desigualdades del resto de las América del centro y del sur.
¡Qué mal descolonizamos a nuestra parentela de Hispanoamérica! Doscientos años después, propietarios de países ricos, atrapados en el consumo y la modernidad, nadan en la desigualdad decimonónica, las mayorías atenazadas por la pobreza y siempre dirigidos por salvapatrias botarates o por ilustrados vendidos a oscuros designios. Desde hace unos años Nicolás Maduro, el presidente dictador de Venezuela, autoproclamado de izquierdas y consentido por el poder que otorga la posesión del petróleo, se ha convertido en otro genuino representante de la especie. Ayer aplaudido y sostenido por los poderes fácticos, hoy contra las cuerdas de un país mil veces arruinado y por una sospechosa presión internacional.
Ni Hugo Chávez, su antecesor, ni Nicolás Maduro alcanzaron el poder como consecuencia de sus planes democráticos, aunque hayan estado arropados por movimientos populares. Ni llegaron por sus talentos para transformar la vida del pueblo con valores solidarios. Han sido títeres con voces de trueno. Como lo será, llegado el caso, Juan Guaidó autoproclamado “presidente encargado” mediante la legalidad de unos puñados de votos y los maliciosos apoyos internacionales.
Nunca en la historia habíamos registrado un disparate semejante. Un personaje sin capacidad de mando ejecutivo, ni legislativo, o económico, o militar, aparece ante el mundo como un holograma pretendiendo tapar los poderes reales del Estado. Y el esperpento se hace carne con el reconocimiento de las principales potencias extrajeras, entre las que no se encuentran ni Rusia ni China, las dos grandes potencias económicas que amenazan a EE.UU. y a Europa.
Después del rosario de reconocimientos internacionales a la pretendida presidencia de Guaidó, de considerar oportuno el “encargo” de convocar elecciones libres sin ningún tipo de medios, ¿qué se espera que suceda en Venezuela? ¿Una invasión de EE.UU. al estilo de la isla de Granada con una nueva operación “furia urgente”? ¿Una guerra civil entre bolivarianos y nuevos libertadores? ¿Un magnicidio que acabe con la vida de Maduro para que todo siga igual en distintas manos?
Cualquier respuesta ronda la tragedia y hay que ser tan inmaduros y descerebrados como Donald Trump y Nicolás Maduro para provocar una guerra a las puertas de sus propias casas, encendiendo la mecha de un posible polvorín internacional. 

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