Hijos pródigos

Sobre los posibles pecados del pasado, la historia le reconocerá a Manuel Fraga Iribarne la visión de Estado con la que desde las cavernas condujo al rebaño de la extrema derecha a apacentar en la tranquilidad de los edenes de la democracia, siempre bajo el manto de una derecha en permanente peregrinación hacia la tierra prometida del centro. Un movimiento democratizador llamado a silenciar las nostalgias del franquismo, dejándolo en manos de aquella Fuerza Nueva de Blas Piñar que olía a cadáver desde su fundación. Y también una jugada para construir su predicada “mayoría natural”, aspirante a mantener eternamente a los conservadores en el Gobierno del país. Tuvo que conformarse con presidir un trozo de la España “partida” y dejar en manos de un Aznar, ideológicamente incierto, el triunfo soñado. 
Hasta ahí su obra de estadista por la que fue criticado en los círculos más liberales de la derecha y mirado con desconfianza por los sectores menos pragmáticos de la izquierda. Sin embargo la extrema derecha, como era la intención del patrón, no sucumbió al síndrome de Estocolmo, ni se curó la nostalgia. Al contrario, con las prebendas del poder alimentaba silenciosamente a sus herederos. La ruptura interna de la obra de Fraga y la pérdida de militancia durante el reinado de Rajoy abrió las puertas para que esos hijos del pasado pidieran su parte de herencia y decidieran probar fortuna en el campo abonado del postbipartidismo, sin importarles dilapidar el capital acumulado. 
Antes ya se habían marchado de la casa común de la derecha los portadores del estandarte renovador. Se llevaron las alforjas casi llenas de votos, ilusiones y amor al centro político. Dispuestos a matar al padre le negaron todo tipo de caridades hasta que el frio exterior y los tropiezos en el camino ascendente les obligaron a reflexionar y volver la vista atrás. El panorama resultaba desalentador, divididos en tres, la plaza pública caía en manos de los contrarios, la izquierda se hacía fuerte y, por primera vez en la historia reciente, vendía la imagen de posible unidad, siempre atribuida a la derecha. Y, en poco más de unas semanas, con una iluminación semejante a la de Saulo pasaron a ser Pablo. Recurrieron al ejemplo del Evangelio de Lucas (15:1-3, 11-32) y llamaron a la puerta del padre. 
El PP de Casado, al borde del desahucio, les franqueó el camino, les mostró el novillo cebado, dispuesto a sacrificarlo en honor de los hijos pródigos, y pregonó la fiesta de los pactos. Pero, contra la parábola evangélica, ahora los hijos pródigos parecen más fuertes que el padre. No han vuelto con el arrepentimiento escrito en la frente. Vienen cargados de exigencias, de disputas ideológicas, con las facas de las ambiciones brillantes, con la tarta del poder bien medida para realizar el reparto… 
La famosa foto de familia en la plaza madrileña de Colón no era fruto de la casualidad, anunciaba el cumplimiento de la profecía, del regreso de los hijos pródigos y de nada vale que la vecindad se rasgue las vestiduras y critique a Casado por “acoger a los pecadores y comer con ellos”. Porque la diferencia con el patrón fundador es que este heredero no tiene visión de Estado y solo le mueve la ambición de permanecer, sea con la hermandad que sea. Y esto no es buen augurio.