Opinión

¡Pero si llevo mascarilla!

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¡Pero si llevo mascarilla!

La expresión antedicha es cada vez más pronunciada cuando se le solicita a una persona ataviada con este complemento de moda obligatoria que no se aproxime a uno; que va por la vida a cara descubierta. 

Para quienes estuvimos en primera línea de fuego cuando apareció, en la década de 1980, la pandemia de VIH/SIDA llegó el momento de compartir algunas de las lecciones que extrajimos de aquella dura experiencia.

En el año 1986 yo trabajaba como enfermero en el Hospital Municipal de Vigo. A él eran derivados los reclusos de la prisión que había en aquel entonces en la avenida de Madrid, excarcelados en las últimas fases del síndrome de inmunodeficiencia adquirida para expirar con una mínima dignidad.

En ese momento no se conocía apenas nada de esta compleja y grave patología, y no existía ningún medicamento para tratarla. Atender a los afectados por ella conllevaba un considerable riesgo: pincharse al cogerles una vía o al extraerles sangre para realizar los pertinentes análisis, o inhalar o impregnarse con sus secreciones al aspirarles el tracto respiratorio o al asearlos te ponía en peligro de sufrir consecuencias catastróficas. Un pequeño error o distracción te podía costar la vida.

Los pacientes eran aislados en una habitación reservada para dolencias infecciosas. Entrábamos en ella con mascarilla, guantes y una bata ordinaria, aunque de uso exclusivo para aquel menester y que compartíamos los enfermeros que los atendíamos. Eran muy jóvenes los que morían. No fallecían ancianos, sino chavales que no llegaban a los treinta años; en su mayoría víctimas de su drogodependencia. El deterioro físico y mental (porque en los postreros estadios el sida produce demencia) no es posible imaginarlo: hay que verlo y sentirlo. Jamás se olvida.

En 1989 ejercí la profesión en el laboratorio de análisis clínicos del desaparecido Hospital Xeral. En él se implementó una medida protectora que con el tiempo devino absurda: los tubos de muestras de sangre de seropositivos al VIH se identificaban con un tapón de un determinado color. El desatino de esta norma consistía en que, para procurar no contagiarse, el personal sanitario solo prestaba la máxima atención a las muestras señalizadas pues interpretaba que las no marcadas estaban exentas del virus; lo cual no tenía por qué ser así.

Este fue el motivo que llevó a desechar la diferenciación mediante la coloración de los tapones y a elaborar una nueva medida de protección universal que se añadió a las ya vigentes (sobre todo la utilización de mascarilla y guantes, dado que no había gafas ni pantallas faciales que te salvaguardaran de las salpicaduras de sangre u otros fluidos corporales), que consistió en considerar como infectadas todas las extracciones que entraban en el laboratorio; norma que se extendió a los propios pacientes ingresados en planta.

En la actual pandemia de covid-19 también podemos, y debemos, resguardarnos cada uno de nosotros, y a nuestros conciudadanos, poniendo en práctica la referida acción preventiva. Es decir; hemos de juzgar como contagiada a cualquier persona con la que nos relacionemos y, en consecuencia, con todas tenemos que aplicar la más efectiva y certera medida de protección cual es mantener una distancia mínima de seguridad de dos metros: siendo equivalentes las demás variables, un individuo con mascarilla no filtrante que se sitúe a menos de un metro de nosotros es potencialmente más infectante que otro sin mascarilla que esté a más de dos.

Por otra parte, como quiera que ciertos objetos es ineludible asirlos o tocarlos (productos alimenticios, dinero, pulsadores, etcétera) y son susceptibles, aunque es poco probable, de estar contaminados con una carga viral patogénica del SARS-CoV-2, es fundamental lavarse y secarse las manos con meticulosidad y esmero. 

Las demás acciones preventivas (empleo de mascarilla, guantes y gafas o pantallas faciales) son subsidiarias a las anteriores y reservadas, excepto cuando no nos sea factible guardar la preceptiva distancia social, a los profesionales a causa de la necesaria cercanía para cuidar a los enfermos.
Otra razón para esta distinción reside en la gran dificultad que supone para la gente común aplicar de forma estricta y continua durante días, meses o años la cadena aséptica al ponerse, portar o quitarse, principalmente, la mascarilla y los guantes. Cadena que de romperse en un único eslabón es como si no se hubiera respetado ninguno, con lo cual se genera una sensación de seguridad que es ficticia.

Quiere ello decir que en el supuesto de haberse contaminado con coronavirus la barrera física de defensa, al manipularla consciente o inconscientemente podemos transferirlo al interior de nuestro organismo al tocarnos la boca, la nariz o los ojos y, por consiguiente, adquirir la enfermedad, cuyos efectos son imprevisibles pertenezcamos o no a alguno de los grupos de población en los que el contagio suele ser fatal.

En definitiva, amigo lector, recuérdelo y aplíquelo: la mejor mascarilla (y la vacuna más inocua y eficaz) para el ciudadano de a pie son las manos limpias y dos metros de acera libre por delante. Y otros dos por detrás.

¡Siempre, en todo lugar, y ante cualquier congénere!