Opinión

La versión española del corralito

Me confieso lector profuso del premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2004 y premio Nobel de Economía 2008, Paul Krugman, cuyas reflexiones me acompañan en cada vuelo, y a quien interpreto, disfruto y temo a partes iguales. En una de sus últimas contribuciones, este faro del neokeynesianismo actual ha insinuado la posibilidad de que España e Italia sufran un “corralito” a la argentina en caso de que Grecia abandone, finalmente, el euro. Con la consiguiente polvareda nacional de tertulia y debate, en exceso complaciente con la realidad. A poco que cavilemos, llegaremos a la conclusión de que España protagoniza, ya, una adaptación de corralito, entendiendo como tal la limitación a la libre disposición de recursos.

Así pensarán, por ejemplo, los tenedores de determinados productos de ahorro que bancos y cajas, en general, han optado por capitalizar, para fortalecer su solvencia y garantizar su viabilidad. Lo que, inevitablemente, ha obligado a suspender -hasta mejor solución- el pago de cupones y la devolución de capital, salvo que ésta se asuma con el oportuno descuento (téngase en cuenta que el nominal emitido desde 1999 asciende a 25.962 millones de euros). España sufre, así mismo, un auténtico corralito bursátil, medido por el castigo diferencial de nuestras cotizadas: el desplome alcanza el 58,9 por ciento desde el máximo histórico cosechado el 8 de noviembre de 2007. Entonces, la capitalización conjunta de los 35 valores del ÍBEX sumaba 551.031 millones. Hoy apenas supera los 250.000. Por lo que, en conjunto, los inversores han visto cómo se desvanecía el equivalente a cerca de un tercio del PIB. Toda una merma patrimonial que se extiende al acervo inmobiliario, donde la deflación -del 21,5 por ciento en el caso de la vivienda libre, desde el máximo registrado durante el primer trimestre de 2008- avanza más deprisa que la amortización del saldo deudor hipotecario. Lo que limita la capacidad colectiva de endeudamiento familiar y nos sitúa ante un auténtico corralito hipotecario, de especial complejidad allí donde afloran patrimonios inmobiliarios negativos; con un volumen de deuda superior al valor que la respalda. ¿Y qué me dicen del corralito laboral? ¿No merece tal acepción la imposibilidad de disponer del 50 por ciento de la generación mejor formada de nuestra historia? Por no hablar del corralito educativo, o del sanitario en ciernes. Y de tantos otros ejemplos que hacen de la nuestra una versión de clase media.

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