Opinión

Un país detenido en el tiempo

El 18 de abril de 2007, hace ahora cinco años, la cotización de Astroc Mediterráneo, la compañía inmobiliaria de moda en España en el punto álgido del ciclo, cayó un 42 por ciento en la Bolsa de Madrid. Aquel día, el ÍBEX-35, todavía lejos de su máximo histórico, cerró en 14.870 puntos; más del doble de su cota actual (6.908 puntos). Cinco jornadas después la compañía confirmó el punto de inflexión con un desplome adicional (37 por ciento) del que ya no lograría sobreponerse. Y que supondría el mejor prolegómeno del colapso que le esperaba al sector.

Como Terra Networks en su tiempo, Astroc llegó a situar su capitalización bursátil en el entorno de los 8.000 millones de euros en apenas un año de cotización. Y su presidente, Enrique Bañuelos, a formar parte de la exclusiva lista de milmillonarios (en dólares) de la revista Forbes, al irrumpir, con sólo 40 años, en el lugar 95, tras acumular un patrimonio entonces valorado en unos 7.700 millones y convertirse, de paso, en el mayor accionista individual del Banco Sabadell, con el 5,14 por ciento de su capital. Sólo Amancio Ortega (Grupo Inditex) y Rafael del Pino (Grupo Ferrovial) superaban su fortuna en un país -visto en perspectiva- abonado a trivialidades, en el que la deuda de las familias y empresas y la inmobiliaria, entendida como la destinada a la construcción y adquisición de vivienda, alcanzaban -respectivamente- el 167 y el 88 por ciento del PIB.

El país es, hoy, otro bien distinto, con síntomas evidentes de hastío en lo económico y financiero, de desánimo en lo social y de cansancio en lo político. Incluso, en lo simbólico, son menos los compatriotas que pueblan la lista Forbes: 16 en 2012 frente a 20 en 2007. Con todo, permanece el bueno de Bañuelos. Reinventada en Brasil, aquella estrella fugaz del firmamento inmobiliario español ha logrado sobreponerse, con un patrimonio nada despreciable: unos 1.500 millones de dólares. Y también permanece, anclado curiosamente en las mismas referencias, el volumen relativo de deuda de familias y empresas (166 por ciento del PIB) y el volumen relativo de deuda inmobiliaria (89 por ciento) en lo que, por volver a terreno bursátil, supone un magro soporte. O sólo un capricho estadístico de un país cuya evolución parece haberse detenido en el tiempo.

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