Opinión

No hay dos sin tres

En el peor escenario estimado, considerado de adversidad extrema, las entidades financieras españolas podrían llegar a acumular unas necesidades adicionales de capital de entre 51.000 y 62.000 millones de euros. El escenario más probable, curiosamente descartado por todos no obstante su significado estadístico, rebaja el nivel de exigencia hasta una banda comprendida entre 16.000 y 25.000 millones. Con este resultado, en parte esperado, se han pronunciado, en síntesis, Roland Berger y Oliver Wyman. A renglón seguido lo ha hecho el Gobierno, al considerar -por boca de su presidente- “certero y creíble” el diagnóstico y “manejables” las cifras. Como no hay dos sin tres, corresponde que lo haga ahora el Eurogrupo. Por lo que falta, con total seguridad, lo más complicado. Por una cuestión de forma, pero también de fondo.

De forma, porque las reuniones más críticas del Eurogrupo acostumbran a recordar aquellos fines de semana de Formula 1, aciagos para el automovilismo español, cuando -ya desposeído de su cetro- Fernando Alonso era el mejor piloto de los viernes, en lo entrenamientos libres; el segundo de los sábados, en la lucha por la pole position; y uno más, ya en carrera, los domingos. Ya fuera por problemas técnicos del monoplaza, por las tribulaciones de los mecánicos en el pit stop o por lo inoportuno del coche de seguridad, antes de cruzar la meta ya se habían desvanecido las expectativas de partida.

Y de fondo, porque, tal como ha sido definido, como un préstamo con un precio a un plazo, el rescate español requiere de cambios profundos para servir a su finalidad y evitar, al mismo tiempo, daños colaterales. Así, exige, en primer término, una apuesta clara por una estrategia europea de crecimiento, desde el convencimiento de que es éste, y no otro, el factor que permite regenerar cuentas de resultados y saldar deudas. Y exige, en segundo lugar, una separación nítida entre las esferas financieras de lo público y lo bancario. Y no porque pedirlo sea moda, sino porque nueve de cada diez crisis de deuda pública que tuvieron lugar en cerca de un centenar de países entre 1975 y 2000 derivaron, finalmente, en crisis bancarias. Lo que nos situaría, de no mediar otro modelo, ante un recrudecimiento de la crisis financiera que, precisamente, se pretende resolver.

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