Opinión

Déficit: responsabilidad, superstición y desafío

Pese a su incipiente modernización, China mantiene intactas muchas de sus múltiples creencias y supersticiones. En general, todo allí es cuestión de atraer suerte, o de ahuyentar la desventura. Así, en lo relativo a los números, una de las mayores obsesiones entre su población, el cuatro ocupa un lugar verdaderamente maldito. Es posible que sólo responda a una mera cuestión fonética: su pronunciación en chino mandarín es similar a la de la palabra muerte. O que, simplemente, sea un daño colateral del calendario: el cuatro de abril, cuarto mes del año, se celebra el Día de los Muertos. Por uno u otro motivo, el pueblo chino trata, hasta el extremo, de evitarlo.

Así las cosas, imaginemos lo que un sesudo, pero supersticioso, inversor chino podría pensar a la hora de asumir deuda soberana de un país como el nuestro, comprometido con un objetivo de déficit del 4,4 por ciento para 2012 que obligaría a afrontar, a lo largo de un único ejercicio, un ajuste fiscal de unos 44.000 millones de euros, que equivalen al 4 por ciento del PIB. Sin necesidad de recurrir a vaticinios, el Servicio de Estudios BBVA ofrece una respuesta en su informe Situación España correspondiente al primer trimestre de este año. Examinadas 173 experiencias de consolidación fiscal en 17 países de la OCDE durante las dos décadas comprendidas entre 1979 y 2009, sólo se identifican, curiosamente, cuatro ajustes anuales superiores al 4 por ciento del PIB; los protagonizados por Finlandia en 1993, Italia en 1993 y 1995 e Irlanda en 2009. A diferencia de España, los dos primeros países contaban, entonces, con soberanía monetaria, cambiaria y fiscal. En ausencia de autonomía en el ejercicio de esta terna de políticas, el último sufrió una contracción equivalente al 7 por ciento de su PIB.

Así, pues, la de redefinir el objetivo de déficit para 2012 no es, en lo que concierne a España, una simple cuestión de desafío soberanista, o de irresponsabilidad frente al compromiso adquirido. Como tampoco lo es de burda superstición. Es, por voluntad, composición, temporalidad y herramientas disponibles para combatirlo, una necesidad frente a una gesta inédita en el entorno comparado que -mal interpretada- conduciría a un deterioro socioeconómico sin precedentes en nuestra historia reciente y a un período de marginación internacional y pobreza interna. Aquello que, precisamente, se trata de evitar.

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