Opinión

Anna Karénina y la prima de riesgo

Pocas referencias literarias que ahora recuerde reflejan de mejor manera la realidad económica actual de Europa que el inicio de Anna Karénina, de León Tolstoi (1828-1910), publicada por vez primera en 1877. Con un arranque demoledor, esta novela, considerada una de las obras cumbre del realismo, nos sitúa en su primera frase ante una expresión doméstica de la distinción entre buenos y malos, al sentenciar que “las familias dichosas se parecen” y que “las desgraciadas lo son cada una a su manera”.

Una interpretación contemporánea explicaría la insistencia de los gobernantes de algunos países de nuestro entorno inmediato en reivindicar su fortaleza. Hasta el punto de hacerla explícita en lemas electorales ciertamente trasnochados. Y la obstinación con que los considerados débiles enumeran las diferencias que les separan entre sí. Así, no reparamos en las vergüenzas de Austria, desconocemos los secretos de Holanda y omitimos las infidelidades de Finlandia, por poner sólo tres ejemplos que, no obstante, bien podrían liderar Alemania y Francia. Son vox populi, por el contrario, las miserias de la Europa considerada periférica. Así, sabemos, por ejemplo, que el de Grecia fue, en su origen, un caso flagrante de falseamiento contable, con el tiempo agravado por un cúmulo de desfachateces en un pueblo subvencionado. Que el de Irlanda es un ejemplo de las consecuencias que, en última instancia, acarrea la osadía bancaria; pero sólo cuando se pone de manifiesto. Que el de Portugal es el resultado más que esperado de una década perdida. Y que el de Italia es un asunto de estancamiento económico, sí, pero también político, ético y social, aderezado de berlusconismo, que -aparentemente encarrilado por la tecnocracia- nos ha situado en la diana, esta vez huérfanos de cortafuegos. Después de todo, Italia ha sido uno de los países fundadores de la Comunidad Económica Europea, es la tercera economía de la eurozona y uno de los miembros del G-8, donde todavía coinciden siete familias dichosas acompañadas de Rusia; el país cuya aristocracia e hipocresía criticaba Tolstoi en su novela. En cuya segunda frase, premonitorio, sentenciaba: “en el hogar de los Oblonski ya no había armonía”. Porque, si algo caracteriza hoy a la Unión Europea es que apenas hace honor al cincuenta por ciento de su nombre.

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