Sin política migratoria

Sin política migratoria
No cabe duda que un nuevo ejemplo para el alimento de los euroescépticos lo constituye la crisis migratoria, cuya muestra más reciente se centra en la trágica situación que viven los casi cien inmigrantes que a bordo del buque “Open Arms” buscan un país que les acoja.
Tienen toda la razón. El euroescepticismo moderado, es decir, aquel que no reniega de la pertenencia a la Unión Europea ni persigue su disolución, sino que simplemente rechaza políticas comunitarias específicas, tiene muy buen sustento inspirador en la disparatada y desastrosa política de la que están haciendo gala los países miembros y la Comisión Europea en materia de inmigración.
La política de inmigración europea, pieza clave de la construcción de su política de inmigración y asilo diseñada hace veinte años continúa inacabada. Por ser más concretos, tengo muchas dudas sobre si alguien pudiera responder sin ambigüedades a la pregunta de “¿Qué tipo de política de inmigración pretende la Unión Europea?”. No es una pregunta fácil de responder, sobre todo, porque después de todo este tiempo, es evidente que la cuestión tensiona fuertemente los intereses no solo de los estados miembros sino que, además, afecta a las dinámicas supranacionales y ceba golosamente los discursos de los representantes populistas de cuantos partidos políticos pretendan, con esta materia, engrosar votantes y acólitos. Lo que sí está claro es que no es aceptable la parálisis, lentitud y falta de determinación que hacen que Bruselas no pueda taparse sus vergüenzas con cada barco que surca las aguas del Mediterráneo cuando, hoy por hoy, la inmigración es considerada por los europeos como el gran reto al que debe enfrentarse la Unión Europea.
Decidir sobre quién entra a formar parte de un país y cómo se articula esta entrada son cuestiones capitales para los Estados europeos; posiblemente ello explique el inmovilismo y las enormes reticencias para ceder competencias en este ámbito. Pero la falta de una política colectiva y admitida deriva siempre en el bochornoso espectáculo mostrado por parte de quienes pretenden decidir de forma autónoma sobre esta materia al calor de imágenes y situaciones tan trágicas como las que las mafias del tráfico de personas someten las poblaciones más pobres del planeta.
Está claro que Europa no puede acoger a cuanta población sin recursos se presente en sus fronteras y hay que ser valiente para abrir el debate, habida cuenta de que el fenómeno migratorio no tiene trazas de extinguirse a corto plazo; aunque siempre asomará aquél que tilde de xenófobo a quien siquiera pretenda abrir cualquier reflexión sosegada sobre el particular. No avanzar en este sentido representa una grave inacción en clave de gestión pública y un importante lastre para la supervivencia y adhesión al proyecto europeo.