Gasto y más gasto

Gasto y más gasto
Recordémoslo: España ha sido el país europeo con mayor déficit público de la Unión Europea en 2018. En concreto, esta magnitud ha superado en un 2,5% al Producto Interior Bruto (PIB) estatal, habiéndolo hecho Italia en un 2,10 %, Portugal en un 0,5% y Grecia, en sentido contrario, consiguiendo que sus ingresos superaran a los gastos, con un superávit del 1,10%. Por lo que nos toca más cerca, no debemos olvidar el buen comportamiento de la Comunidad gallega, que también ha obtenido un superávit del 0,22%. Este desfase en las cuentas públicas españolas se ha convertido en un problema estructural en nuestra economía, que acumuló en el citado ejercicio una deuda de casi 1,17 billones de euros, un 97,60 % del PIB, situando a España es el octavo país del mundo con más deuda en términos absolutos.
Los datos que conocemos de 2019 no parecen conducir al optimismo. La deuda pública en España ha crecido en el segundo trimestre de 2019 en 10.469 millones de euros, alcanzando los 1,21 billones de euros, un 98,9% del PIB.
En este contexto, el gobierno en funciones de Pedro Sánchez envió el pasado martes a la Comisión Europea, su plan presupuestario para 2020 que contempla, por un lado, la reducción del déficit al 1,7% del PIB y por otro, compromisos de gasto adicionales por unos 5.400 millones de euros, entre la subida de las pensiones y de los sueldos de los funcionarios, la ampliación de la prestación por paternidad, o la recuperación del subsidio por desempleo para mayores de cincuenta y dos años. Nada dice sobre cómo se va a financiar la reducción del déficit aumentando de tal manera el gasto. Simplemente apunta, optimistamente, que tal reducción se basará en un “escenario inercial” que no incluye ninguna medida de carácter tributario. No obstante, la intención del gobierno es presentar “en el momento que sea posible” un plan presupuestario actualizado con la orientación fiscal que corresponda. Podemos, por tanto y en términos de presión fiscal, esperar cualquier cosa de tal actualización.
En lo que se refiere al gasto, hay dos obsesiones inconmovibles en los gobiernos del que no va a ser ajeno el que sobrevenga de las próximas elecciones. Por un lado, la de incrementar de manera exponencial el gasto público sin ser capaces de ahorrar o generar la suficiente riqueza como para amortizar la deuda pública emitida (a no ser por la vía del sablazo fiscal a las clases medias) y, por otro, el turbio desvelo por gestionar de manera privativa el citado gasto, empeñándose en arrebatar de tal atribución a las familias y sociedad civil. Cuantos más recursos pasen por las manos de los políticos - burócratas y menos por las de los individuos y entidades privadas, mejor, y mayor sensación tendremos de que el Estado es nuestro benefactor monopolístico y, por tanto, más grande será su capacidad para manipularnos, coartando paulatinamente nuestras libertades.