Series y pactos

Pudiera ser que la gente se esté empapuzando de series televisivas para evadirse de la matraca de los pactos, dicho sea ésto sin ánimo de frivolizar. Quienes sí parecen tener ánimo de frivolizar un asunto tan serio como éste, el del tipo de individuos y de políticas que ha de soportar la población en los próximos años, son más bien, lamentablemente, los que andan pactando.
Dejando a un lado el hecho de que puede ser más lesivo para la salud mental matar el tiempo viendo una serie tras otra que, por ejemplo, observar los devaneos del PP consigo mismo, o sea, con Vox, o los efectos encadenados de la descomposición de Podemos, o la incongruencia genética de Ciudadanos, o el intento de los barones triunfantes del PSOE de reconducir al partido hacia predios más conservadores, dejando a un lado, digo, eso, hay que reconocer que ésto de los pactos, de los conchabamientos, se ha escapado del control de los ciudadanos: aquello que eligieron y votaron mayoritariamente para formar gobiernos ha pasado a ser algo prescindible, secundario, irrelevante, al quedar por entero la decisión última al albur, tantas veces, del cambalache y el cambio de cromos entre los listos de la clase.
Pues uno ya es muy mayor para perder el tiempo que le queda viendo series, la mayoría de ellas, por cierto, bastante pueriles, y pues tampoco le queda más remedio por imperativo de su oficio, uno observa el galimatías éste de los pactos y lo primero que ve es que casi nadie de los que andan pactando saben pactar, y que a ninguno, encima, le hace maldita la gracia tener que hacerlo. El "casi" del "casi nadie" es, por excepcional, sorprendente: Manuel Valls. Es el único que pacta con fidelidad extrema a sus ideas, gusten éstas o no, y lo hace de una singular y potente manera, renunciando abiertamente a cualquier clase de pacto con la entrega gratis total de su voto y el de sus concejales a una coalición Comunes-PSOE en el Ayuntamiento de Barcelona que defienda la ciudad cosmopolita de la invasión de los fanáticos del terruño.
El propio Valls, así las cosas, podría protagonizar una serie curiosa basada en el "esprit" francés de su política, pero se ve que la gente prefiere las marcianadas modernas de Netflix, o de HBO, o de lo que sea, a la turbadora ficción de la realidad.