La dialéctica de las pistolas

La dialéctica de las pistolas

Y de las escopetas. El extremo reduccionismo intelectual que practica y promueve Vox encuentra en las armas, en su deseo de libre posesión y uso de éstas, un filón, ya sea en el ámbito "recreativo" de la caza, esa extendida y malhadada actividad que consiste en reventar a tiros bellas e inocentes criaturas, o en el de la vida ordinaria, donde, al parecer, convendría tener siempre a mano una pipa por si las moscas.
Más dialéctica no puede encontrarse, por mucho que se busque, en esto de las pistolas como artículo básico de uso personal, lo que emparentaría la propuesta de Abascal con la detonante afirmación (nunca mejor dicho) de José Antonio Primo de Rivera en el acto fundacional de la Falange en el Teatro de la Comedia: "No hay más dialéctica que la de los puños y las pistolas". Es cierto que los tiempos han cambiado, aunque no mucho para Vox, y que el contexto histórico, social y político de aquella enormidad y el de ésta ocurrencia son bien disímiles, pero también lo es, y más si cabe, que cuando en el discurso político se mencionan las pistolas es inevitable tanto establecer o reconocer analogías como temerse lo peor.
Lo peor, en efecto, es que los paisanos podamos agenciarnos alegremente un revólver para tenerlo en casa o llevarlo por la calle en la sobaquera, y peor aún que se utilice el miedo como disparador de semejante necesidad ficticia. Mucho hemos tenido que retroceder, o cuando menos los partidarios de Abascal, para olvidar que las armas sólo sirven para una cosa, para matar, y que la profusión indiscriminada de éstas, en consecuencia, no procuran más seguridad ni mayor protección, sino antes al contrario. La pintoresca salvaguarda abascaliana de que sólo podrían adquirir armas libremente los ciudadanos sin antecedentes penales no aclara si es para garantizar el derecho a que todos podamos acabar teniéndolos.
La tentación de conjurar mediante el humor el miedo que da un partido como Vox, al que se presenta como una panda de friquis o de criaturas ignorantes e inmaduras, es comprensible, pero eso de sustituir, como en los países más violentos o como en Harry el Sucio, la protección de las leyes, de los cuerpos de seguridad y de la administración de justicia por la atropellada reacción armada individual, merecería, bromas aparte, un reproche social más severo. Algo ayunos de dialéctica desde siempre, a los españoles sólo nos faltaba, como letal sucedáneo, la de las pistolas.