Opinión

La revolución de las moscas cojoneras

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La revolución de las moscas cojoneras

Las mascarillas han dejado ojos para rato vigilando por toda España. Cambiar la dirección de la mirada ha hecho que algunos vean claro y otros sigan centrados en el dedo que apunta a la luna. El cuerpo y la mente juegan a la par en esta acción de dirigir los ojos hacia algo. Mirar y no ver da mucho de sí, tanto o más, como cuando se pretende precipitar la paz sin precisar al mismo tiempo la guerra y las negociaciones. El vistazo es personal e intransferible, de esos gestos que no cambian con el trascurso de la vida.

Feijóo centra las miradas de España. Le envidian sus contrincantes políticos porque todo indica que tras el 12J seguirá gozando del privilegio de aplicar su programa sin vendettas, presiones y desestabilización en el gobierno de la Xunta. Ese honor que dan las mayorías absolutas tiene a Urkullu rezando para que no lo retiren de la residencia de los lendakari en Ajuria Enea, una conquista que le costó  al PSOE de Patxi López. Un mandato más lleva el presidente gallego en San Caetano, que busca su cuarta reelección. Ambos personajes son discretos y con similitudes. No sólo en la fecha de concentrar a su pueblo en las urnas. Tienen la misma edad y ambos son hombres de partido, fieles a su tierra y a sus paisanos, metódicos, accesibles y afables en el trato, más en la cercanía que en el escenario, y muy conscientes de regentar una comunidad histórica con sus peculiaridades. La suma del PSOE, Elkarrekin-Podemos y Bildu son el enemigo del presidente Vasco tras el ofrecimiento de Pablo Iglesias al PSOE para hacer ese tripartito. Baleares, Aragón, Comunidad Valenciana y La Rioja les sirven de ejemplo para llamar a la izquierda. Para ambos gobernantes la espada de Damocles está desenvainada. Urkullu consiguió recuperar Ajuria Enea del PSOE de Patxi López que había sido apoyado por PP. Historias que hoy parecen insólitas.

El espíritu de la época que nos toca tiene más de como la miras a como la ves porque, además, la opinión pública es voluble y extravagante. El mundo que nos rodea es observado con  máscara  y adquiere un lenguaje con códigos de silencio. Taparnos la boca deja de lado a las palabras  con sus falsedades y también con todas sus artes. Los ojos se cargan de palabras cuando no se habla y los sentimientos se pueden intuir en el de los demás. Cuando eso ocurre la mirada es el lenguaje del corazón como decía William Shakespeare. Para más poético Gustavo Adolfo Bécquer para quien  el alma que hablar puede con los ojos también puede besar con la mirada. 

El lenguaje de los ojos trae ambiciones sin satisfacer y temperamentos rebeldes que quieren mantener diferencias. La tranquilidad y la calma hacen ver lo que miras; pero también los cientos de palabras que callamos con sólo una mirada. Tomarse el tiempo de mirar  puede ayudar a no ocuparnos mirando hacia otro lugar y una dulce ausencia de miradas tampoco debe impedirnos mirar más allá de lo que está delante de nuestros pies.

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