Opinión

LA DUDA

El mayor tesoro y desafío de que dispone el ser humano es su capacidad de dudar, de querer conocer, de pensar, de inquietarse, de buscar aun a sabiendas de no encontrar, de fijarse el recorrer caminos de metas inalcanzables por la pura dicha de avanzar, de utilizar su capacidad pensante, de descubrir y de no dar nada por hecho o por conocido sin tener la plena certeza, agotada toda posibilidad de duda, de todo eso está hecho el progreso real de las civilizaciones, del conocimiento, de la filosofía, sin delegar en ello a efectos paralizantes, en las tesis de quienes tienen la razón o de supuestos dioses, aunque en ello les vaya o les haya ido la vida, o simplemente sea políticamente incorrecto (nuestra actual dictadura), esa es la grandeza del ser humano.


En ese camino, el concepto de lo infinito cobra determinante importancia, y mientras en nuestro mundo occidental el concepto de lo finito (todo tiene un principio y un fin) es protagonista de casi cualquier análisis, en el pensar oriental es el infinito quien preside casi cualquier análisis filosófico.


Quizá para nosotros, es en los números donde es más patente el concepto de lo infinito, tanto en positivo como en negativo, pues siempre habrá una cantidad mayor o menor que cualquier número que imaginemos.


Otro ejemplo también muy ilustrativo es el de la cuerda, con un principio y con un final, pero en la que si simplemente unimos ambos confines, la misma cuerda se nos transforma en una figura cerrada, sin principio ni fin.


Si esos mismos planteamientos los trasladamos al análisis de la vida, en un mundo presidido por planteamientos finitos (la cuerda descrita) y olvidándonos de la cuestión corporal, esta tendrá un principio y un fin, sin que sepamos seriamente (creencias aparte) de donde venimos en un principio, ni a donde vamos al final. Si el mismo análisis lo hacemos con la cuerda ya unida, y por tanto con otros planteamientos, no hay ni muerte ni nacimiento, sino una continuidad infinita de vida. Para comprender mejor el asunto, esa cuerda unida la sumergimos en su mitad en agua, de manera que cuando nacemos empezamos a recorrer la parte expuesta al aire y cuando morimos seguimos recorriéndola por la parte sumergida hasta volver de nuevo a la superficie y así sucesivamente, argumento aceptado mayoritariamente en oriente (reencarnación) e incluso en los principios del cristianismo, donde por cuestiones de afianzamiento del poder se desecho en nuestros primeros siglos.


A lo largo de nuestra historia pensante, el ser humano ha ido adquiriendo conocimientos en proporciones geométricas, de tal manera que cualquier ciudadano medianamente culto o informado actual consideraría, salvo honrosas excepciones, auténticos analfabetos, con mínimos conocimientos y exceso de supersticiones y sus fanatismos correspondientes, a cualquier mamífero humano de hace no mas allá de 3.000 años, aun cuando el ser humano mínimamente considerado como tal, haya cumplido ya los cerca de 450.000 años, algunos millones el concepto de vida conocida, y una infinidad tanto en el tiempo como en el espacio el llamado mundo, mas allá de cualquier galaxia medianamente reconocible.


Afortunadamente, milongas aparte, el ser humano ha podido librarse a lo largo de la historia de absurdas supersticiones y teorías, muchas de ellas aun vigentes en mamíferos que prefieren deslizarse por la vida, y nos ha aproximado cada vez mas a ese apasionante mundo de la cultura, la razón, la inteligencia, la filosofía y el motor de todo paso adelante: la duda, una actitud por la que nadie ha matado, torturado, ni castrado a nadie a lo largo de la historia.

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