Opinión

QUE LE VAYA BONITO

El abanico de causas pendientes a las que se enfrentaba el juez Baltasar Garzón ha acabado por fortuna. Para él y para un país a quien sus procesos han puesto en alerta naranja. Nunca antes y por ningún motivo se había colocado tan en entredicho el proceder un tribunal en favor de un procesado (juez además), y hora es ya de pasar página, desear a Garzón una buena vida al margen de la judicatura y esperar también que esta sucesión de reveses a los que ha sido sometido le enseñen la necesidad de emprender un camino más modesto, más prudente y más recto. Garzón creyó por un momento que tenía autoridad suficiente para actuar por si mismo quebrando las normas y comportándose como le viniera en gana, y la realidad le ha demostrado que no es así. Con independencia de las muestras de adhesión que el ex juez ha sido capaz de cosechar en determinadas sectores de la sociedad española, la verdad desnuda es mucho menos indulgente que la de sus fans, propicios a la mitificación, al halago y la loa desmedida.


Y es que Garzón ha perdido en los tres procedimientos a los que ha sido sometido, y en los tres ha sido objeto de sentencias duras y recriminatorias. Por una de ellas ha sido castigado a una suspensión de once años que le expulsa virtualmente de la carrera judicial, en otra se le considera delincuente probado al que sin embargo no se puede procesar por prescripción de la denuncia, y en la tercera se le libera del castigo pero se le atribuyen irregularidades, excesos y apropiación de competencias que le degradan. En todas sale vapuleado y el resultado conjunto es tan demoledor que quien en tiempos fue juez estrella capaz de jugar al escondite con los sumarios ya ni existe. Es lo que se ha labrado.

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