Opinión

LOS QUE SE VAN

Cada vez que los periódicos nos dan cuenta de la jubilación de un bancario que se despide y toma el camino de casa llevándose una millonaria indemnización atribuible a las condiciones en las que en un momento dado pactó el finiquito de su contrato, al pueblo llano se le llevan los demonios y en otro tiempo hubiera optado por ejercer la acción popular apelando a soluciones mucho más drásticas no se me tire de la lengua. El debate entre la opción de respetar los términos de esos contratos y la de no hacerlo está abierto como hay tantos otros debates abiertos y pendientes de solución en un país inseguro de si mismo y prisionero de unas dudas atroces y tan frecuentes que lo que es necesario determinar es qué hechos no las desatan. El CGPJ, por ejemplo.


Personalmente creo que no es con arreglo a Ley conculcar términos contenidos en un escrito legalmente reconocido y por tanto necesario de respetar como le ocurre a un contrato laboral en el que se especifican las condiciones de un trabajo y las contraprestaciones que se reciben por desempeñarlo. Pero también creo que existen mecanismos para neutralizar esas jubilaciones millonarias que son, por otra parte, profundamente injustas porque recompensan el desempeño de una labor que se ha manifestado por completo deficiente y necesaria de explicaciones incluso penales. Por tanto, y del mismo modo que una buena gestión se recompensa, una mala se penaliza. Si a uno de estos caballeros le corresponden 14 millones por su marcha y un análisis de gestión demuestra que su incompetencia ha costado quince, el sujeto en cuestión deberá pagar uno a mayores. A cualquier cristiano le intervienen su nómina bancaria si no cumple. Pues aquí, lo mismo?


Te puede interesar