Un pacto antiestético

Un pacto antiestético

El poder es muy goloso y puede ocurrir que, en los minutos de descuento, Unidas Podemos y PSOE alcancen un mínimo acuerdo que les permita conquistar una raspada mayoría como paso previo a alumbrar gobierno. Al fin y al cabo, se está despachando precisamente la ostentación del poder y el desempeño de aquellos cargos políticos que otorgan el estatus de poderoso, y esa necesidad se expresa con palabras mayores. No sobraría en este proceso una reflexión sobre la responsabilidad, el servicio al ciudadano, la generosidad y el buen gobierno, cuestiones que deberían tenerse en cuenta mientras se negocian los términos del acuerdo. Pero sospecho que en un marco de gran ferocidad y ambición no reprimida, este tipo de emociones están de sobra. Ni Iglesias ni Sánchez están para tener en cuenta en sus conversaciones las apetencias del leal contribuyente. Ayer, y tras la quinta reunión, no fueron capaces de conseguir un pacto definitivo. Sospecho que Iglesias sigue empeñado en que le den un ministerio y Sánchez tiene en mente cualquier cosa menos otorgarle un ministerio a Iglesias por muy de segunda división que sea la cartera. El presidente en funciones considera a su posible socio tan solo como un instrumento. Es un perdedor y a Sánchez los perdedores le producen vascas. Sánchez se encuentra pleno, se ha visto defenestrado, se ha levantado y ha terminado triunfando así que cree que se merece un Gobierno monocolor a su imagen y semejanza, nombrado por él sin la más mínima intromisión. Iglesias supone que si va a prestar apoyo deberá recibir algo a cambio. Y ese algo no se sustancia con una pedrea. Pablo quiere ser ministro y si no lo es él, que al menos lo sea su señora. Esa era la forma de pensar de Antonio de Montpensier. Si no puedo ser rey, al menos que reine Eugenia.
En todo caso, y aunque se lograra un acuerdo de última hora, sería un acuerdo viciado y tan débil que quizás no mereciera la pena ni tenerlo en cuenta. La carrera de antagonismos ha sido tan larga e intensa que una solución al borde de la campana no sería creíble. No es posible que tres meses de distanciamiento, bronca y reproches mutuos  pudiera borrarse cuando expira el plazo. Sonaría a falso. Y era lo único que nos faltaba.