Opinión

Tradiciones ajenas

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Tradiciones ajenas

A un país tan viejo como el nuestro, tan plural y tan rico, deberían bastarle sus propias tradiciones para consolidar un acerbo cultural y social como para servir de ejemplo a la mayor parte de los que comparten nuestro entorno más próximo. Nuestra historia es excepcionalmente generosa en aportaciones culturales que se remontan a los albores de la Humanidad, y no muchas naciones pueden presumir de testimonios transmitidos y escritos  que proceden de tiempos remotos. Yo tuve la suerte, hace ya muchos años, de poder contemplar sin rigores de calendario ni exigencias en el tiempo de visita, las cuevas de Altamira –ahora contemplarlas es cada vez más difícil y, como pasa con las angulas, hay que conformarse con sucedáneos- y comprendí que vivía en un país de genios extraodinarios. Viendo la magia de aquellas expresiones rupestres uno comprende por qué este país ha parido a Velázquez, a Goya, a Picasso, a Rivera, Zurbarán, Miró, Sorolla o Antonio López… es cosa de genes.
Por eso, cada vez entiendo menos la incorporación de costumbres y celebraciones que nos son por completo ajenas. Llevamos ya algunos años incorporados al protocolo de extraños ritos sajones que componen la festividad de Halloween, una costumbre sumamente arraigada en el marco de los Estados Unidos pero que a nosotros nos resulta tan extraña y postiza como si celebráramos el comienzo del año en el calendario chino y nos diera por pasear dragones de papel serpenteando entre la multitud a toque de gong y petardeo de fuegos de artificio. Lo de Halloween no tiene en mi humilde opinión ni pies ni cabeza, pero tampoco debería tenerlo la sustitución de los Reyes Magos por Santa Claus, un personaje  que, paradójicamente, y en su versión original –San Nicolás para ser exactos- procede de España según el protocolo nórdico. Es decir, que si Santa Claus o Papa Noel o como se le quiera llamar, va a poner juguetes a León, procederá de Valencia, y si trepa por las chimeneas de Granada, llegará desde la lejana Cartagena. Un disparate sin el menor sentido.
En mi fuero interno me apena ser consciente de que nos estamos cargando nuestra propia cultural en aras de no sé qué intereses. Se trata de un comportamiento absurdo, pero en esto de dispararnos en un pie nosotros somos maestros.

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