Opinión

EL TESORO OCULTO

Si uno es capaz de sortear convenientemente la nube de aguerridos turistas japoneses que escoltan permanentemente la obra expuesta en el Museo del Louvre de París, uno tendrá la dicha inmensa de encontrarse cara a cara con una tabla de dimensiones más reducidas de las que el visitante ha supuesto ?apenas sobrepasa los 70 centímetros de altura y el medio metro de ancho- que parece mirarle a uno y nada más que a uno, por mucho espectador nipón que siga moviéndose con discreción en derredor y cuchicheando por allí en voz queda. La hermosa Gioconda pintada por el atrabiliario Leonardo, te observa, te sonríe con sonrisa pícara y se ofrece a ti y nada más que a ti clavando en ti su sinuosa mirada, un milagroso efecto óptico propio del maestro Da Vinci cuya endemoniada genialidad compartía con otro pincel incomparable, el de Don Diego da Silva y Velázquez capaz de implantar en la mirada de sus personajes esa misma mirada que te observa y vigila allá donde te coloques.


Acabamos de saber que uno de los discípulos preferidos del pintor florentino ?probablemente también su amante- pintaba a la madona Mona Lisa, esposa del Giogondo, al mismo tiempo que el maestro, y que ese cuadro ha formado parte de los tesoros no expuestos de El Museo del Prado desde que los fondos de los Reales Alcázares pasaron a su custodia. El cuadro lleva en España desde 1666, lo que produce aún un mayor sobresalto. Uno se pregunta cómo es posible que los responsables del patrimonio del museo hayan presentado en sociedad semejante y trascendental hallazgo más de cuatrocientos años después de saber de su existencia. Estamos pues ante una espectacular hermosura. No es la mano de Da Vinci pero casi. Y nosotros sin saberlo.

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