Opinión

DOS SIGLOS NO SON NADA

Si bien los autores especializados en relatos de ciencia ficción han acertad en determinados aspectos concretos de la vida en el futuro, estoy por convencerme de que, salvo algunas predicciones no muy descabelladas de Julio Verne, el resto ha dado pocas en el clavo y sobre todo no ha sabido augurar el punto que en mi opinión es clave en los planteamientos que han otorgado especial perfil a la vida cotidiana del milenio nuevo. Las predicciones elaboradas por los augures literarios se inspiran preferentemente en el dominio estelar, y ponen especial acento en la incorporación a la existencia doméstica de la robótica. Y así, mientras una mucama metálica te lava, plancha, y de paso te da gusto, el angustioso tráfico de las grandes ciudades se traslada del asfalto a los cielos. Nada más lejano sin embargo de la realidad.


Por contra, nadie supo pronosticar sorprendentemente ni Internet, ni la telefonía móvil, ni los soportes digitales, ni el complejo universo de insospechados avances que han demolido fronteras y han otorgado otro perfil absolutamente distinto a las comunicaciones. Y para mejor demostrarlo, aquí me tienen ustedes, a mediados de febrero de 2011, leyendo sobre una tableta digital válida para cientos de aplicaciones, uno de los ejemplos más representativos del novelón romántico decimonónico que tal es 'El Conde de Montecristo', escrito para ser publicado por entregas en los diarios por Alejandro Dumas en 1844, a base de resmas y resmas de papel, litros de tinta y un ciento de plumas de ganso afiladas a cuchillo, y del que ahora disfruto gracias a lo que yo mismo creo que es, sin más, pura magia. O al menos, inspiración del XIX y tecnología del XXI. Pues funciona.


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