Opinión

La sentencia y el día después

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La sentencia y el día después

La sentencia del Supremo que pone fin al juicio contra los independentistas catalanes es, como no podía ser de otro modo, una sentencia imposible de sustraerse al debate. Los magistrados han descartado el delito de rebelón determinando que no se produjo en la actuación de los condenados violencia suficiente como para aplicar esa condición que es, en efecto, muy grave. Juzgados por sedición, como pedía una comprensiva y cambiante abogacía del Estado, los doce acusados que se sentaban en el banquillo han recibido penas que oscilan entre los trece años que le han caído a Oriol Junqueras y la multa por desobediencia con la que se ha castigado a Borrás, Mundó y Vila. 
Sospecho que la decisión no ha gustado a nadie, pero es la que ha expresado un tribunal de irreprochable condición democrática, y la ciudadanía, los partidos políticos y la opinión pública deben acatarla, los abogados de los acusados podrán recurrirla, y el tiempo se encargará de hacerla madurar y colocar a cada uno en su sitio correspondiente mientras la Cataluña afín a los reos inicia un calendario de movilizaciones que el país hará bien en soportar tratando de mantener la calma y suponiendo que no hay mal que cien años dure. Cataluña lleva ocho años seguidos sin otra actividad que la inestabilidad social y política, y no es previsible que esta situación cese ahora. Muy probablemente, se prolongará, se agravará durante un tiempo y se estabilizará a la baja porque ya es crónica.
En todo caso y a la espera de conocer cómo van a manejar los hechos estos partidos nuestros que están en plena campaña, y la influencia que la sentencia puede originar en los resultados de las urnas, cabe reflexionar sobre sus resultados. El proceso está resuelto en la vía judicial y el juez Llerena ha activado a continuación la petición de extradición que afecta a Puigdemont en su refugio belga. Pero no está en absoluto resuelto el aspecto político, que sigue envenenando la vida parlamentaria nacional y dividiendo a los catalanes. Por eso, hay que resolver con serenidad y justicia la situación que se plantea con posterioridad a la decisión del tribunal. Pedir que los dirigentes independentistas reflexionen es una utopía. Lo cierto es que su balance es desolador. Ocho años  de zozobra, miles de empresas fugadas, empobrecimiento general, parálisis política, y todo para no lograr nada y acabar en la cárcel. Mal balance. 

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