Opinión

LA SEGUNDA JUVENTUD

Reconforta saber que, tras una durísima etapa de la vida entregado a la causa del contribuyente, el político puede recuperar el equilibrio perdido en esa ardua tarea que, supuestamente, acaba pasando tenebrosa factura. Los servidores públicos de alta graduación abandonan sus puestos pálidos, ojerosos, macilentos, y surcados de arruga, exhibiendo con orgullo como galones su prematuro envejecimiento pues en cada cicatriz se deposita un gramo de dedicación aplicada a la tarea. Es comúnmente aceptado que tan generoso esfuerzo acaba pasando por tanto factura, hasta tal punto que al sujeto sometido a un ejercicio tan intenso se le niega la recuperación física y mental de los dones poseídos con anterioridad a su ingreso en las tareas de gobierno. Los acaba perdiendo en el cargo hasta concluir hecho una maldita pasa. Sin embargo?.


Ha venido Teresa Fernández de la Vega a demostrar que el mito carece de fundamento. Guapa, lozana, resplandeciente, con la piel tersa, sin una arruga y desterrado definitivamente el corte pumuky que caracterizó a la vicepresidenta cuando ejercía de poderosa interlocutora capaz de cantarle las cuarenta al Vaticano o la Casa Blanca, así ha comparecido en público ahora que preside una fundación en favor de las mujeres africanas que honra su retiro y sirve de paso para su presentación en sociedad después de un prudencial tiempo de ostracismo dedicado a recuperarse y presumiblemente entregarse en manos de un experto en reparación estética que le ha entrado a degüello. La deslumbrante comparecencia de De la Vega, convertida en una adolescente dispuesta a bailar rock and roll, sirve para demostrar que la jubilación política no tiene por qué ser una tragedia. Mejor así.


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