Opinión

RETABLO DE MENESTRALES

Ahora que el Mirandés se ha puesto de moda como encarnación de los honrados y los modestos capaces de subírseles a las barbas a los más poderosos, no conviene perder de vista la trayectoria de esos anti divos del fútbol, honestos, trabajadores, sacrificados y comprometidos para los que el dinero no lo es todo y a los que caracteriza la rectitud de sus decisiones. Vivimos una sociedad sumergida hasta el cuello en la crisis y en un país con cinco millones largos de parados. Por eso no es extraño que ese país arrasado y convertido en un desierto en el que todo ha valido y todo ha sido disculpado hasta que ha volado por los aires, se sienta cautivado por la buena gente de a pie que es como nosotros y que también debe hacerse valer en un ámbito de divinidad consentida y efímero oropel como es el fútbol.


Quizá inspirado en la percepción de que además del vil metal que todo lo jode existen otros valores superiores, el ciudadano raso ha vuelto los ojos hacia otras facetas balompédicas que muestran el lado más candoroso, tierno y humano si bien escondido en el subsuelo de la batalla del domingo. A los perdedores en los que nos hemos convertido todos, les gustan los de su casta. Por eso admiramos a Pablo Infante y nos indignamos mansamente ante la destitución probablemente requerida pero infame de Manolo Preciado, otro justo que pone la cabeza en el tajo tras el bueno de Fabri.


Tipos como Pablo Infante, Caneda o Antxon Muneta, técnicos de corazón y pulmón como Preciado, el gallego Fabri o el propio Couso, ennoblecen una profesión deificada en la que no siempre se tiene suerte y en la que son más los que tropiezan y se caen que los que se mantienen erguidos. Por ellos, esto sí vale la pena.


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