Opinión

Queridos y desconocidos italianos

Lamento comunicarme a mí mismo por si no me he percatado lo suficiente, que en cuestiones italianas soy un verdadero indocumentado y bien que lo siento. No conozco Italia –lo que escandalizaba con toda la razón a mis muchos y encantadores amigos italianos que trabajan en la Agencia Comunitaria de Control de la Pesca a los que mando un beso- ni me he detenido con carácter suficiente en la apasionante historia de su más que compleja reunificación –Italia es, aunque parezca paradójico, un país relativamente reciente que no fue posible tener como tal hasta el último tercio del siglo XIX- por más que siempre he tenido a gala interesarme un siglo tan intenso. Admiro profundamente a muchos de sus músicos –sobre todo al maestro Boccherini en cuya adoración milito desde hace años, pero también al maestro Scarlatti y todos esos compositores barrocos muchos de los cuáles, como los dos anteriormente citados, fueron en realidad más madrileños que italianos aunque fuera toscano el primero y napolitano el segundo- y creo en la grandeza de un país al que la voracidad de los mercados internacionales no va a poder doblegar. O sea, como nosotros.

Sospecho que ambos estamos firmemente ligados por muchas venturas y desventuras y somos también presa fácil de los tópicos, los clichés, las leyendas urbanas a cuál más negra, y una inicua suerte de sambenitos, frases hechas, predestinaciones y otras servidumbres que, de cara al exterior, nos hacen toreros a todos los españoles y gondoleros de voz de flauta a todos los italianos. Ahora nos toca ir cogidos de la mano a Bruselas y separados a un campo de fútbol, de modo que vienen muchos tópicos más, qué le vamos a hacer, es el sino.

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