Opinión

LA PRIMERA Y LA ÚLTIMA

A cuento de estas merecidas celebraciones que rinden homenaje a la Constitución aprobada el día de San José de 1812 por un puñado de españoles cabales representantes de distintos gremios y regiones, los exégetas del siglo se han dado en establecer comparaciones históricas entre los hechos que alumbraron aquella Carta doceañista escrita a la lumbre de las bombardas gabachas, con la que se aprobó tras la muerte de Franco en 1978 y de cuyas reglas seguimos viviendo hoy aún con apuros.


La primera y la última Constitución española, analizadas ambas bajo un mismo prisa con dos siglos de distancia, propone un ejercicio que entraña mucho peligro y no es menos cierto que entre ambas existen notables paralelismos, si bien hay también diferencias apreciables no sólo en su concepción sino en el ámbito en que nacieron y que determinó por completo la suerte que le cupo a cada una. Las dos son producto de una etapa anterior a cuál más sombría que necesitó el desarrollo de pautas consensuadas para clausurar esas nefastas influencias pasadas, y tanto en la de 1812 como en la de 1978 existe un Rey coronado cuya intervención resulta trascendental a la hora de plantear su continuidad. La honesta y admirable Pepa del 12 topó para nuestra común desgracia con el infame Fernando VII, y la del 78 que puso fin a la Transición se amparó en un joven Juan Carlos, intacto en sus pretensiones que, aunque surgido del entorno anterior, se convirtió en valedor y garantía de su supervivencia. Podía habérselas arreglado para triturarla como hizo su tétrico antepasado pero no fue así y eso le honra. Con Pepe Botella en vez de aquel bandido de Fernando VII nos hubiera ido mejor, de eso estoy seguro.

Te puede interesar