Opinión

Por la boca muere el pez

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Por la boca muere el pez

En la sopa de letras que vivimos de forma cotidiana literalmente bombardeados por recados contradictorios que provienen de infinitas plataformas controladas e incontrolables, pocas cosas resultan más llamativas que la completa ausencia de homogeneidad en el mensaje del Gobierno. Es precisamente en esta disparidad que a veces contiene un concepto y el contrario, donde se adivina y se advierte que cada cual va por libre y que el tripartito que ha sido necesario para alcanzar una justa mayoritaria es, en realidad, un conjunto de compartimentos estancos en los que cada cual actúa como le parece sin preocuparse en alcanzar un mínimo acuerdo con sus compañeros de trabajo. Es además digno de admiración el hecho de que muchos de los componentes de este Ejecutivo variopinto están desaparecidos en su estado habitual, hasta que sospechan que si no dicen algo va a creer el contribuyente que han salido corriendo y, por tanto y sin consensuar ni practicar una consulta previa, abren la boca para decir lo que mejor se les ocurre. El resultado es, en general, un dislate. Pero sobre todo, abunda en la idea de que aquí no hay ni unidad ni entendimiento y que cada cual puede largar lo que le dé la gana.

Alberto Garzón es malagueño de adopción aunque riojano de cuna, estudió Economía, pertenece a los restos del naufragio del partido Comunista que a estas horas llora la pérdida de Anguita –un personaje con sentido común del que no vendría mal que las nuevas generaciones tomaran apuntes- y en el sorteo de cargos gubernamentales le tocó la cartera de Consumo como le podía haber tocado Sanidad, con lo cual a estas horas estaría pasándolas canutas y en primera línea de fuego como le ha pasado a Salvador Illa que iba para negociar con sus paisanos catalanes. Garzón no sabe nada de turismo y, lo que es peor, ni se ha molestado en estudiarlo. En realidad, Alberto Garzón no sabe mucho de nada, y  tampoco le hacía mucha falta porque le hicieron un departamento a la medida para cubrir el cupo y que se entretuviera. Como todo el mundo se había olvidado de su existencia, decidió abrir la boca por propia iniciativa y ya la ha liado. Su análisis sobre las características del fenómeno turístico no tiene desperdicio. En su tierra de adopción lo están buscando para ponerlo a repartir tumbonas en la Carihuela cuando esto acabe. Es para lo único que vale.

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