Opinión

POLÍTICA Y BALONES

Ya tiene la vida vueltas y revueltas y es cierto que el destino se encarga de cuajarla de paradojas tan curiosas y atrayentes como las vividas por la Europa que adopta decisiones imprescindibles para salvar del desaguisado su moneda única, y la que dirime los destinos deportivos en las canchas de Polonia y Ucrania en las que, he aquí el hecho supremo, sus protagonistas son los mismos de la cumbre pero en actitudes interactivas. Que el triunfo en el campeonato se lo jueguen Italia y España es ya de por si un concepto merecedor de probada reflexión, porque ambas selecciones representan países unidos más intensamente cada vez por un sino muy parejo y angustias varias y compartidas, cuyos continuos sinsabores se originan en la prima de riesgo, el coste y la desviación de la deuda, la voracidad insaciable de los mercados y el deber ineludible de aplicar drásticos recortes y eliminar burocracia superflua. Esas naciones de talante cachondo y dimensiones razonables paradójicamente asfixiadas por una gestión deficiente, un gasto disparatado, una programación absurda y un acoso exterior injusto e inexplicable, que esperan el rescate más tarde o más temprano, han dejado en la cuneta al Portugal de Duraô Barroso en nuestro caso, y a la Alemania de la poderosa Angela Merkel en el italiano, demostrando que en el terreno de juego los acosados se han vuelto acosadores, y bien que lo ha demostrado Italia desarticulando al gigante alemán a golazo limpio, conseguido por un producto multicultural, guerrero de cresta de mohicano y piel de charol que se llama Ballotelli y que es un italiano impredecible y negro como un teléfono que marca paquete cada vez que la enchufa. Monti y Rajoy ya se quieren como hermanos.

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