Opinión

EN PALABRAS DE BOCCACCIO

Recuerdo que los jóvenes ilustrados de mi quinta solíamos leer 'El Decamerón' de Giovanni Boccaccio a saltos. Como sabíamos quien de los apuestos narradores de historias era el que utilizaba en sus relatos los argumentos picantes, nos saltábamos el resto de los cuentos para ir a parar al elegido, el que explicaba aquello del buen ermitaño que exhortaba a sus inocentes y bellas feligresas a que colaboraran con él para introducir el demonio en el infierno y dejarlo allí guardado para que no hiciera mal a nadie. El diablo era naturalmente el gigantesco miembro viril del eclesiástico golfo, y el infierno, la gloriosa entrepierna de cada dama. Siglos después, la gente de a pie se salta casi todo lo demás y se regala con las hazañas sexuales del insaciable Dominique Strauss-Kahn, al que el diablo que lleva entre las piernas a una edad en la que ha de solicitar viagra a voces para rematar la faena, le ha dado de lo bueno y de lo más malo. Le ha permitido trajinar con furia inmoderada y a todo lo que se ha movido pero ha acabado con su carrera y su prestigio. Las confesiones de una dueña dominatriz surtidora de materia prima para las sórdidas orgías en las que este sujeto daba rienda suelta a sus impulsos no tienen desperdicio, pero sugieren también que la inocencia del ex director del Fondo Monetario Internacional en aquel turbio asunto del hotel neoyorquino huele a choto, y que las hazañas posteriores de este personaje en materia erótica cuyos inquietantes contenidos ya están en bocas y papel, trasmiten la sospecha de que éste y otros muchos sucesos se han ido tapando a base de influencia y dinero, y son desesperados, sórdidos asuntos que llevan su inequívoca firma. Estas cosas no se curan con aspirina.

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