Opinión

El movimiento pendular

Los conductores de las teorías de la restructuración y el pensamiento de Occidente advierten ciertos signos de agotamiento en los reglamentos que vigilan y gobiernan la marcha del primer mundo. Las alarmas llevan tiempo encendidas en aquello que hace especial mención a dos instituciones indeleblemente unidas a lo largo de la Historia por vínculos tradicionales, acusadas de patente inmovilismo ahora que hemos ingresado a todos los efectos en un nuevo Milenio expuesto quizá por eso a los azotes de una continuada y furiosa tormenta. Se trata, naturalmente de la Monarquía y la Iglesia, dos instituciones viejas e igualmente reacias al cambio a las que los nuevos tiempos sacuden de vez en vez para solicitar un paso adelante que apenas llega. En los dos casos, los cambios –muy sutiles y prudentes como la tradición enseña- se producen no cuando la sociedad los demanda sino, muy al contrario, cuando los permiten sus propios mecanismos internos. Se aplican secretamente y solo se advierten al paso de los años. En algunos casos, ni siquiera.

Por eso, no debe extrañarnos que sesudos prelados como monseñor Reig Pla –obispo de la diócesis de Alcalá de Henares que ahora está desvinculada de la de Madrid y yo sin enterarme- se manifieste de manera sorprendente y, como diría un castizo, cada vez que abre la boca sube el pan. El prelado sorprendió en Semana Santa con un mensaje furibundo de condena a la práctica homosexual y ayer agitó cartas de gays que, según él, otorgan razón a su planteamientos porque hay pícaros mariconzones que se rehabilitan”. “Han abandonado el estilo de vida gay –explica jubiloso monseñor Reig- y han iniciado itinerarios de esperanza”. Alabado sea Dios que les permite ver la luz.

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