Opinión

MORIR SIN AYUDA DEL ROCK AND ROLL

En la dramática mítica que marca los destinos del rock and roll, el primer mandamiento es morirse joven. El rock and roll fue un movimiento airado y juvenil que predicaba la ruptura de los moldes caducos para imponer otros principios nuevos a golpe de guitarra. La fidelidad a esas reglas imponía también una muerte temprana para evitar el desagradable trago de envejecer. Que a un chulo duro y de tupé pringoso, piernas entre paréntesis y mirada asesina, se le caigan los dientes mientras le crece la barriga impone una realidad intolerable a la que era necesario poner fin urgentemente pereciendo en un trágico accidente, a poder ser sobre ruedas. El rock and roll ha divinizado las motos, las botas de tacón y la guitarra al hombro, y ha sido capaz de mitificar también la muerte, porque, llegado a una cierta edad, un roquero con toda la barba estaba de más. A uno no se le puede caer impunemente el pelo ni se le pueden ablandar las carnes mientras canta 'Honey don't'.


La edad límite era el borde de la treintena y en esa frontera se han quedado Dean, Joplin, Hendrix y tantos limpios de corazón. Pero los tiempos pasan y las costumbres evolucionan, de modo que a nadie en su sano juicio de es corte de limusina y estrellato se le ocurre a estas alturas matarse a los 32 ni cantar rock and roll que ya no está de moda. Whitney Huston se ha ido a los 48, sin comprender que llevaba una eternidad matándose suavemente con aquella canción. Se ha decidido cuando la edad lógica para la autodestrucción había pasado de largo y a estas alturas cumplía madurar serenamente e incluso cantar al Señor y sus maravillas como hizo al principio, en el coro de la iglesia, aleluya. Que grave error de cálculo, vaya por Dios.


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