Opinión

DE MITO A DELINCUENTE

Baltasar Garzón ya es historia pero es una historia escrita en meandros, cuajada de luces y sombras y con un final sobrecogedor. La sentencia absolutoria emitida por el Supremo es mucho más dañina que todos los demás hechos anteriores juntos por cuanto convierte a Garzón en un delincuente probado aunque también intocable en virtud de las propias reglas de la Justicia que el ex juez había jurado defender y contra la que se rebeló de un modo inusitado y dramático tras adquirir conocimiento de su propia pena. Él y su hija María comparecieron para poner en duda la honorabilidad de los siete magistrados que le habían juzgado y que le condenaron por unanimidad. Un disparate.


Pero esa Justicia, a la que Garzón ha despreciado por el mero hecho de juzgarle, le ha librado a continuación de una pena probablemente más vergonzante, la de un cohecho que el tribunal considera suficientemente probado y que, sin embargo, renuncia a castigar estimando que la denuncia se presentó fuera de plazo y que por tanto, el delito prescribe y queda archivado. Es su grandeza.


El inusitado y desmedido fenómeno Garzón toca a su fin en clave de amargura y deja escrito un trazo ingrato y desapacible que una parte de la izquierda más airada debería analizar con sensatez, prudencia y necesaria capacidad de crítica. Garzón se ha equivocado en las tres causas a las que se somete, y en una de ellas ha cometido incluso un delito que debería invalidarle siquiera para permanecer en el ámbito de la Justicia. Esa izquierda recalentada y añeja, que sigue aferrada a una guerra perdida hace 70 años y que desprecia una reconciliación consensuada no puede hacer de este sujeto el epicentro de un nuevo y anacrónico Frente Popular. De odios no se vive.

Te puede interesar