Opinión

MEMORIAS DEL TELEÑECO

Nada impide a un político escribir sus memorias y a menudo este ejercicio se convierte en colofón de toda una carrera de servicio público por laque las compañías editoras suelen pagar auténticas fortunas. El presidente Grant, que se retiró de la vida pública para disfrutar de sus bienes tras perder la presidencia, se encontró de buenas a primeras en la más completa ruina gracias a los de desmanes cometidos por uno de sus hijos, encargado a su vez de administrar sus pertenencias. La quiebra le exigió tanto subastar lo que quedaba de su patrimonio personal -incluyendo uniformes entre los que se encontraba el histórico con el que firmó la rendición del Sur- como ponerse a escribir sus memorias. El primer ejercicio le dio para ir tirando y el segundo le convirtió en autor de una obra de valor extraordinario que finalizó el día antes de morirse y convirtió en millonarios a sus descendientes, incluyendo al hijo tarambana que le otorgó la miseria.


Pepe Bono ya ha anunciado que le pagarán 800.000 euros por las suyas, y a fe que no está nada mal la cifra. Bono es un sujeto que inspira cierta gran reserva incluso entre sus propios correligionarios porque siempre ha manifestado atisbos de inconsistencia en actitud y pensamiento, y una irremediable tendencia al populismo que le convierte en menos fiable de lo debido. Si a ello añadimos una irrefrenable afición por la pasta que sintoniza mal con su condición de católico practicante y socialista de antiguo cuño con la habilidad de ser su propio teleñeco, estamos ante un prójimo desgraciadamente anecdótico al que esas memorias tan caras que anuncia por entregas para que den más juego deberían al menos redimirle de su galopante y paulatina inconsistencia.

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