Opinión

EL MAL DE GARZÓN

La sentencia que han emitido los siete magistrados del Supremo y que acaba con la carrera de Baltasar Garzón ha levantado ampollas en sectores muy definidos de la opinión pública, empeñados en otorgar a la actuación del juez un acento heroico del que en realidad carece. A Garzón no se le inhabilita por investigar la corrupción sino por emplear en esa investigación métodos manifiestamente punibles que el tribunal pone de manifiesto con sentido unánime en el contenido de la sentencia citada. Sin poseer una formación jurídica profunda, cualquier persona sensata y libre de prejuicios considera esta primera causa como la más grave y trascendente de las tres a las que Garzón se enfrenta, porque los hechos que juzga atentan directamente contra la esencia misma del Derecho. Si Garzón hubiera salido indemne de esta situación el precedente creado sería gravísimo, y el inalterable principio de confidencialidad que rige las relaciones entre un letrado y su cliente en el interior de una prisión estaría quebrado para siempre y listo para ser vulnerado con posterioridad en cualquier circunstancia. Lo que resulta sencillamente imposible de comprender es cómo Garzón se aventuró en semejante práctica, cómo catalogó de delincuentes potenciales a los abogados de los detenidos sin indicio racional alguno, cómo ordenó escuchar incluso las estrategias jurídicas de esa defensa, como uso luego esos datos para neutralizarla, y cómo siguió aplicando escuchas hasta el final A Garzón le ha matado su ego irrefrenable y han ayudado a matarlo sus irresponsables incondicionales. El mal es aún peor porque, en buena ley, toda la instrucción de Gürtel podría ser invalidada por defecto de forma. Garzón lo ha puesto todo perdido.

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