Lo sabe la calle

Es asomarse a la calle y comprobar que no está el horno para bollos. Se trata de una reacción comprensible tras el inaceptable pinchazo de la clase política en general y del ganador de las últimas elecciones en particular, que nos obliga a volver a las urnas a la vuelta de un mes y poco. Lo haremos cuatro veces en cuatro años que es mucho votar incluso para quienes tardamos en habituarnos al procedimiento porque tuvimos que dejar atrás un sombrío periodo de abstinencia democrática que duró algo más de cuarenta negros años. Pero este país es así de excesivo, y para compensar aquel dilatado tiempo de carencias, desde que ha podido hacerlo ha votado más que nadie.
Lo más alarmante a estas alturas no es sin embargo el sabor que dejan los intentos fracasados de conformar una mayoría estable. Esta lamentable legislatura-irrisión a las que nos ha abocado la permanente impostura de un aspirante a dirigente al que no ha parecido importarle otra cosa  que el cultivo de su ego agresivo y desmelenado, ya es historia y ya forma parte del pasado. Un pasado para no sentirse orgulloso, bien es cierto, pero pasado al fin y al cabo. Lo peor es que, salvo situación sorprendente, los resultados que ofrezcan las urnas el próximo día 10 de noviembre no van a diferir mucho de los anteriores, lo que acrecienta la sospecha de que  hemos entrado en un bucle del que no va a ser fácil librarnos. En mi modesto parecer, esta sensación de impotencia y ausencia total de recursos para obtener una solución digna para el país y buena para todos nosotros es lo que ha privado a la gente de la ilusión. Es lo que tiene a la calle indignada. Otra convocatoria que obliga a montar de nuevo el tenderete, otra paliza de campaña, más días de gobernantes sin capacidad alguna de actuación, usando los presupuestos de Rajoy y actuando en la interinidad -lo que en muchas ocasiones produce efectos discriminatorios como está ocurriendo con las comunidades autónomas- completan un panorama desolador que la calle procesa porque la calle no es tonta.
Hay un sentimiento compartido de amplio espectro. El que dice que la generación de políticos de hoy no tiene concepción de Estado, lo que lleva implícita en su condición, la falta de generosidad, de grandeza, de responsabilidad y de dedicación en cuerpo y alma. Quien gobierna pendiente del CIS no es un buen gobernante. Tampoco lo es quien se vale para hacerlo del BOE y de Rosa María Mateo.