Lo que empieza cuando acaba

Lo que empieza cuando acaba

Esto se acerca al final a sabiendas sin embargo que, para nuestra mayor desventura, el final no es otra cosa que el principio y nada más que el principio. Quedan horas para que los españoles volvamos a las urnas para hacer efectivo un voto que en determinadas demarcaciones actúa por triplicado. Este domingo es un super-domingo electoral en el que se eligen las administraciones municipales –no se eligen alcaldes como se proclama erróneamente en algunos foros porque los alcaldes solamente son elegidos por los concejales que conforman cada una de las corporaciones- se determina también nuestra representación en los foros parlamentarios europeos y en muchas comunidades se renuevan también sus cámaras autonómicas. Por tanto, y como rezaban los viejos carteles de boxeo, gran velada. Tres combates  y tres títulos en juego.
Vota el país en medio de un clima enrarecido que se ha ido poniendo más bravo al paso del tiempo. Desgraciadamente, atravesamos en estos momentos, ya avanzado el milenio nuevo, un periodo de aguda crisis institucional y política que lo es también de ética y pensamiento. No es un ejercicio agradable pero si necesario, el que deberían acometer historiadores y especialistas en materia de comportamiento político, para determinar si ha existido en la reciente historia nuestra algún momento que pueda compararse al actual en la calidad y prestancia de su tejido parlamentario y en la idoneidad y preparación de sus protagonistas. En un trabajo de comparación ejercido con neutralidad y compromiso no con determinadas posturas ideológicas sino con el ámbito constitucional mismo, se me antoja difícil hallar algo por el estilo. Y lo que es aún más desesperanzador, la invasión que  este marco político está ejerciendo en nuestras vidas, apropiándose de todo y de todos. Enervando, malquistando, indisponiendo, tensando y destruyendo la serena vida privada de cada cual, contaminada permanentemente con la actividad política. Si esta actividad fuera por ventura ejemplar aún podría admitirse. Pero es que, además, no lo es.
La campaña se acabó y hay que ir a votar. La seguridad de que este disparatado canibalismo que nos invade y que tritura todo lo que pilla no va a cesar con los resultados de las urnas pone  un acento de alarma. Pero los políticos van a los suyo. Iglesias ya se ve ministro. Oiga, qué hay de lo mío.