Lo peor de la democracia

Lo peor de la democracia

Decididamente hemos dados asilo a una clase política mala de solemnidad, probablemente la peor, la menos competente, más egoísta y menos comprometida de la historia de la nueva democracia. Desde que poseemos una Constitución por consenso escrita al amparo del sacrificio, la generosidad y el deseo de entenderse de toda una generación de españoles nacidos a la acción política a partir de la muerte del dictador Franco –cuyos huesos siguen allá arriba en el Valle de Cuelgamuros y ya no le interesan a nadie- y cuyos componentes determinaron hacer de un país sumido en la negrura otro abierto y comprometido con la libertad, la concordia y la democracia, nunca habíamos padecido una clase política tan lamentable. Desde que se aprobó aquella carta magna del 78 hasta ahora han pasado cuarenta años largos, que han servido para que distintas formaciones, partidos políticos e instituciones se turnen en el ejercicio parlamentario, gobiernen y se opongan, trabajen en definitiva, para consolidar una obra admirable por la que, en 1975 año de la muerte del dictador, nadie daba ni medio cuarto. Todos hicimos posible un país renovado institucionalmente, consolidado, serio, justo, respetuoso con la ley y reconciliado. Todos juntos construimos el escenario necesario para elegir libremente representantes que sacrificaran sus propias  ambiciones personales para desarrollar políticas que mejoraran la vida de los ciudadanos, que legislaran con equidad y justicia, que respetaran los principios esenciales de gobierno y velaran por los intereses de sus administrados. Hasta ahora.
El espectáculo ofrecido por todos en este inmenso zoco en el que hemos convertido nuestras instituciones estatales, regionales y locales es tan desastroso que cumple preguntarse si la generación de políticos nacidos de las urnas en esta nueva hornada, y representantes del pueblo en las distintas cámaras, merece en verdad ostentar esta representación. El desolador panorama ofrecido dice que no lo merecen, que van a lo suyo sin otros objetivos. Que el mercadeo generalizado en todos y cada uno de los foros los define. Que esto es una vergüenza y que el electoral acabará desligándose de la política y negándose a ejerce un voto que no sirve para nada porque serán los elegidos los que dispongan del él como mejor les venga en gana. O cambiamos los sistemas electorales o nos quedamos sin democracia.