Lo moderno y lo antiguo

Lo moderno y lo antiguo

Si bien el régimen de monarquía parlamentaria se instala en nuestro país poco después de la triunfal entrada del rey Fernando VII, no se asienta con entera propiedad hasta los primeros años del reinado de Isabel II. El país ha de sufrir episodios terribles antes de establecer un sistema de participación política en torno a una cámara legislativa constituida por votación popular dejando atrás la Década Ominosa y una primera guerra civil. El movimiento popular que exige libertad de imprenta y sufragio universal se afianza gracias al motín de los sargentos de la Granja, y se consolida en el breve pero trascedente Bienio Progresista del 54 al 56. Ya entonces apostamos por el bipartidismo, y consagramos una fórmula que se ha mantenido hasta ahora variando la denominación de las dos fracciones en litigio, sin cambios  de grueso calibre. Moderados y progresistas, liberales y conservadores, democristianos y socialdemócratas, centrismo y socialismo, derecha e izquierda… Al final, todos vienen a ser lo mismo salvo en los momentos extremos en los que las fórmulas convencionales se fueron al garete y aquello acabó como acabó. Es decir, en drama.
En estos primeros tiempos del milenio nuevo, el país renegó de la fórmula de los dos partidos para crear pasos intermedios por la derecha, por la izquierda y por el centro suponiendo que se necesitaba un nuevo perfil parlamentario. Irrumpieron con notable presencia los independentismos basados mayoritariamente en opciones de derecha católica y profunda –por alguna razón, esa tendencia que ha sido especialmente virulenta en CIU y PNV se olvidó por completo- y el escenario político pareció buscar otra apariencia.
Casi dos siglos de reparto bipartidista no pueden sin embargo olvidarse de un plumazo ni pueden abandonarse porque sí de la noche a la mañana. Vivimos en un país sumamente peculiar y de registros casi nunca previsibles, pero hay cosas que no pueden cambiarse con carácter aleatorio. Por lo tanto, los acontecimientos parecen demostrarme que quien dio por muerto el bipartidismo no había puesto en marcha un análisis sosegado y científico de la cuestión y se había dejado llevar por un entusiasmo un tanto suicida. Dicen los politólogos que volvemos lentamente a lo mismo y que el sistema dominado por dos partidos recobra espacio y fuerza. Quizá uno por el medio y poco más. Lo de siempre.