Opinión

LLAMADME RESCATE

Llevamos un buen trecho de historia reciente viviendo del eufemismo, como si el nombre que llevan las cosas fuera el hecho capital y sus consecuencias poco más que valor añadido. 'Llamadme Ismael' comienza 'Moby Dick', y la madre de todos los debates es hoy si a la operación que deberá servir para refinanciar el hundido sector bancario español hay que llamarle rescate o hay que llamarle de otro modo más benigno, quizá porque no lo sea en verdad, quizá porque aún siéndolo no alcanza a adquirir rango de rescate completo, quizá porque no fuera prudente decirlo en alto para evitar complejos y humillaciones. Y en esas estuvieron empleados seis periodistas de tomo y lomo con años de tinta y rotativa sobre sus benditas espaldas para calibrar si esto es un rescate, si no lo es, si es un rescate pero poquito, si es un préstamo, una solución o simplemente, Dios os bendiga largamente a los cuatro, una pequeña ayuda de la amistad que cantaban un día aquellos que tantas veces nos rescataron de la atonía musical reinante y el espeso vacío.


Esta manía impuesta por los fontaneros de la Moncloa consistente en no llamar a las cosas por su nombre no vaya a ser el demonio que el pueblo llano se entere del alcance de las cuestiones, lleva mucho tiempo imponiendo su ley a sabiendas de que, mientras se discute si a la convivencia reglada de las parejas homosexuales hay que llamarle unión o bien matrimonio, no se profundiza en la autenticidad del asunto. Si media docena de periodistas de diferente tendencia y probada eficiencia profesional emplean tres cuartos de hora de un programa de televisión para bautizar convenientemente los hechos es que poco queda salvo rescatarlos a todos de sus respectivos cometidos.


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