Opinión

LA LLAMADA DEL MAR

Hace mucho tiempo que he perdido la esperanza de que este país nuestro tan insólito y pasional obtenga finalmente la paz de espíritu que merece. Habíamos zurcido, con mucho trabajo pero con buen pulso, el capote de la reconciliación pero nos hemos empeñado en descoserlo y en esas estamos, dispuestos a continuar empuñando la estaca y saldando cuentas pendientes incluso con materiales que forman parte de nuestra propia historia y son patrimonio de todos, por muy denostada que sea su figura y muy mucho rechazo que pueda causar, en mi opinión de manera absurda, su conservación. Si el nuestro fuera un país natural y de la pasta del resto, el yate 'Azor' nunca se habría convertido en chatarra que, adquirida por un artista plástico, constituye ahora la materia predominante en una de esas instalaciones que definen el arte escultórico de vanguardia cuya estética apenas comparto. En otro país cualquiera, y especialmente en el Reino Unido, el barco formaría parte de una exposición naval permanente en cualquiera de los muchos espacios que los británicos resguardan, por encima de ideologías y desacuerdos, para su acendrado amor a la mar y su bien conservada y generosa tradición histórica.


Nosotros, españoles de garrotazo y tentetieso que Goya se encargó de plasmar dolorido como nadie, habitamos una península con más de tres mil kilómetros de costa pero jamás en nuestra vida hemos tratado el mar como cultura. Lo tenemos en cuenta para otros muchos menesteres, el extractivo en el que somos maestros, o como argumento de expansión, como ámbito de golfeo y contrabando y sin duda, como espléndido marco turístico que produce dinerales. Pero cultura, lo que se dice cultura, no. Véase la muestra.


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