Las cosas de la República

Las cosas de la República

Hace unos días que hemos pasado casi de puntillas por la fecha del 14 de abril, una data de la reciente historia de nuestro país que va  perdiendo presencia como es natural, entre otras cosas, porque los españoles más jóvenes ya no echan mano de un fracaso descomunal como el del régimen republicano del 31 para que les sirva de referente en su concepción del futuro. Ninguno de los dos periodos republicanos que el país ha vivido –uno en 1873 y otro en 1931- están sinceramente para sentirse orgullosos, pero el segundo de ellos es aún peor que el primero. El domingo, paseado por las calles de mi barrio, me fijé en una tricolor colgada de una ventana y reflexioné en silencio sobre la bandera y el himno que el Gobierno de la II República adoptó durante este periodo tumultuoso. En los dos casos, es una elección tan descabellada y sin sentido que no tiene la más mínima explicación. Ni siquiera los gobernantes de entonces fueron capaces de fundamentar sus motivos. Ni los que invitaron a cambiar una de las franjas rojas de la bandera oficial por otra de color morado, -se supone que la incorporación de la franja morada se debe a un inexplicable homenaje a Castilla si bien el pendón de Castilla es en realidad carmesí- ni la instauración como himno nacional, de una pésima versión del vibrante himno escrito por el militar Evaristo San Miguel en homenaje a su amigo y compañero de asonada, el desgraciado Rafael del Riego, fusilado en Málaga  junto a sus compañeros de rebelión antifernandina.
La I República que sucedió a la renuncia del rey Amadeo se convirtió en un caos que engulló a sus propios y ardorosos partidarios, víctimas de un desconcierto generalizado en perfecta sintonía con la impericia de sus responsables y la convivencia en el periodo de nada menos que tres guerras civiles simultaneas. Pero si este periodo primero fue un perfecto disparate, la II República fue aún peor, y no puede servirle de ejemplo ni de referente a nadie por muy republicano de corazón que sea –yo lo soy- y por muchos deseos que existan de instaurarla. Por eso supongo yo que esa bandera tricolor que no tenía por qué haber existido –bastaba con quitarle la corona al escudo nacional como se eliminó la corona del escudo del Real Madrid en ese tiempo- se va convirtiendo cada vez más en un refugio de románticos sentimentales y viejos. El futuro es otro.