La más plural

Aunque para nosotros los que habitamos en el norte el verano tenga acento de quimera, los del sur sudan la gota negra con temperaturas que rozan los cuarenta grados y viven y se beben el estío en este último tramo de temporada que ha conseguido partir el país en dos mitades sin necesidad de echar mano de la política. Al norte de Madrid predominan las temperaturas bajas, la niebla, una lluvia menuda y muchas nubes. Al sur de la misma capital el respetable camina desnudo, se achicharra, se reboza en cremas y arena, se baña en aguas templadas y cumple con todos los ritos que se supone caracterizan la estación. Esto sí que es la España plural y no la que se refleja en los nuevos libros de texto con sus inequívocas connotaciones ideológicas. Ya saben ustedes que en los que se editan en la comunidad de Cataluña se considera catalán a Cristóbal Colón  y no se admite controversia. Algunos doctos profesores pero también independentistas de lo más acérrimo consideran también portadores de sangre catalana al Cid Campeador, Santa Teresa de Jesús y Miguel de Cervantes, cuestionando la castellanidad de este emblemático terceto. Acabarán imponiendo que John Lennon nació en Reus y fue llevado a Inglaterra de tapadillo por la columna Brunete y abandonado en la puerta de una inclusa de Liverpool. Y si no, el tiempo.
Que la mitad de un país que no tiene más de dos mil kilómetros entre la costa del Cantábrico y el Mediterráneo pueda mostrar al mundo una variación tan considerable de climatología, sin dejar de ser un fastidio –especialmente para los que hemos de conformarnos con un verano tan irregular y brumoso como el que estamos teniendo- es también una riqueza capaz de ofrecer paisajes que oscilan entre la cueva de Covadonga y el desierto de Almería o lo que es lo mismo, capaz de poner sobre la mesa una fabada y un gazpacho. Lo único que hace falta ahora es que alguien con sentido común nos enseñe a tomar ejemplo de la madre naturaleza y nos enseñe a apreciar los beneficios de esa riqueza como han hecho desde hace años Serrat y Joaquín Sabina, o Iker Casillas y Xabi Hernández. A ambas parejas los pusieron a parir los radicales. Los radicales saben que si se instaura la templanza y la razón, ellos salen perdiendo.