La estrategia del comedor

La estrategia del comedor
A la vista del panorama planteado por la mitad de Cataluña que desea la independencia, y asomándome desde la distancia a este caos en que se ha convertido la región tras la promulgación de la sentencia condenatoria de los reos independentistas, no puedo por menos que recordar a Mariano Rajoy, al que conocí hace tiempo y con el que tuve un trato cercano y exquisito durante muchos de mis primeros años profesionales, él también se acordará supongo. Siempre creí que Rajoy era un tipo muy inteligente y con la cabeza ordenada. Ordenada según los postulados de un opositor ejemplar que sacó notarias a la primera y que a desgastar los codos contra el tablero de estudio no le ganaba nadie, pero por tanto en su sitio y ordenada. Por tanto, estaba y seguirá estando habituado al eterno aprendizaje, posee capacidades sobresalientes para el análisis, virtudes todas ellas a las que hay que añadir el argumento distintivo que cierra plaza. Mariano Rajoy es gallego y eso, en verdad, se nota.
Por eso, estoy plenamente convencido que su famosa actitud en el comedor de un restaurante madrileño, parapetado y supuestamente paralizado, a la espera de que se concretara la moción de censura presentada por Pedro Sánchez que le descabalgó de Moncloa, no fue en absoluto una rendición por incapacidad sino el final de una estrategia madurada y analizada al máximo, cuyo observancia le permitió desembarazarse sin traumas de la responsabilidad de presidir un gobierno en condiciones imposibles porque el país estaba condenado a   sumergirse en un ámbito irrespirable, ingobernable e imposible recuperar no para él sino para cualquier otro. Creo sinceramente que el gallego vio el cielo abierto cuando un ambicioso Pedro Sánchez le puso en bandeja la renuncia. Y con el pragmatismo y la retranca que caracterizan a un notario gallego mayor de cincuenta años que las ha visto de todos los colores y ha subido cien veces la escalera y otras cien veces la ha bajado, se encontró de bruces con la solución de todos sus males. Sánchez llegaba tan ilusionado y soberbio, tenía tantas ganas de sentarse en la silla de la Moncloa, aspiraba tanto a ofrecer a su mujer lo que tanto ambos habían soñado, que Rajoy comprendió que no podía privarle de un capricho semejante. Sánchez, hoy, empieza a cargar de hombros, ha perdido la sonrisa y tiene el cabello cada vez más plateado. Pues por algo será.