Opinión

JURADO POPULAR

La presencia de un rebaño de micrófonos en torno a si constituye una tentación demasiado evidente para despreciarla por las buenas, como se percibe cotidianamente con aquellos que entran y salen de los juzgados que ahora se ha puesto de moda. Cuando las formas, el respeto y la prudencia aconsejan mantener un elegante silencio especialmente recomendado para no meter la pata y tener que arrepentirse posteriormente, ese atajo de alcachofas enhiestas, insinuantes y procaces tras las que se adivina una mano pinturera y un cable que conduce a la gloria, se convierte en un reclamo tan endiabladamente goloso que casi todo el mundo pica. Pica, tercia y hace un mal tercio, como el que caracteriza al abogado de Urdangarín, un sujeto que cada vez que abre la boca sube el pan. O más recientemente, el que ha protagonizado un tío con tanta experiencia como el ex ministro José Blanco, rendido a la magia del universo mediático tras acudir al Supremo por decisión propia tres minutos antes de que el propio Supremo le obligara a personarse para declarar como imputado en un caso de corrupción que ha convertido una gasolinera de Lugo en el tercer edificio más visitado de Galicia durante el verano que ha prescrito.


En contra de sus desacertadas reflexiones a la salida del tribunal, el carácter de su imputación no le permite a Blanco expresar lo que piensa sobre el sumario como el dice, sino que le obliga a responder con certeza sobre aquello que el instructor le pregunta. Y tampoco es en este momento quién para determinar si los testimonios que le incriminan son falsos porque esa decisión le compete al juez. Si las instancias que tramitan la causa le han imputado es que hay indicios. Y eso es lo que se investiga.


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